

Vicente Ferrer un líder del RESPETO
24 Octubre 2009 – 11:41La muerte del gran filántropo
Vicente Ferrer, ex jesuita y cooperante catalán ha fallecido a los 89 años en la India
“Hay personas que no deberían morir, porque son valiosas, porque son amadas, porque son únicas”. Esto es lo que escribió en marzo pasado Padre Ángel desde Anantapur, al sur de la India, a donde había acudido apresuradamente porque le habían dicho que Vicente Ferrer se estaba muriendo deprisa. El padre Ángel García, el sacerdote católico diocesano fundador de Mensajeros de la Paz, estuvo unas horas con Ferrer y envió a sus amigos un mensaje de consolación, por correo electrónico. Era una hermosa y emocionante oración fúnebre. Vicente Ferrer había colmado ya los 88 años (en abril pasado cumplió 89), y llevaba años sufriendo una pésima salud de hierro. El último incidente era una embolia, la pasada Navidad. Parecía irreversible. Pero el padre Ángel, él mismo muy enfermo, resistente por encima de lo humano, mandaba también una señal de esperanza, como si diera por sentado que hay personas tan necesarias que deben ser respetadas de modo especial por la muerte. Recordaba un piropo a un torero, una tarde en Andalucía: “Maestro, no te mueras nunca”. Era lo que aquel día, ante las noticias de la lenta agonía del padre Ferrer, estaban gritando, corazón adentro, cientos de miles de personas en España, en la India, en todo el mundo: “Vicente, no te mueras nunca. Y va a ser cierto”, se consolaba el Padre Ángel. No ha sido posible. Ferrer ha muerto esta madrugada a la 1.15 (hora española) en su casa en Anantapur (India).
Vicente Ferrer será enterrado el lunes en la India
Hay religiosos cuya sola existencia hace disculpar las muchas desgracias y atrocidades que han causado a la humanidad las religiones de uno u otro signo. El jesuita Vicente Ferrer es uno de ellos. Como pronosticó desde la India el padre Ángel, “Vicente Ferrer no va a morir nunca. Le suban o no a los altares, a Vicente Ferrer, que fue un santo en vida, le espera la Gloria. No la gloria mundana, que su exquisita sencillez siempre quiso evitar, sino la verdadera, la buena, la definitiva”. Es la esperanza de un creyente. Entre mundanos, Vicente Ferrer seguirá vivo, sobre todo, entre los pobres de solemnidad a los que ayudó de todas las maneras posibles en Anantapur, una zona rural en los desiertos del sur de la India. Su inmortalidad son los hospitales, escuelas, casas, pozos, caminos, etcétera que levantó con un tesón sobrehumano en cientos de comunidades y pueblos. Suya es, además, la inmortalidad de un ejemplo universal de la mejor filantropía.
Cuando hace unos meses El Periódico de Cataluña eligió a Vicente Ferrer Catalán del Año 2008, el anuncio festivo de la noticia se hizo con una canción de Sopa de Cabra interpretada por Gerard Quintana y Eva Amaral. “Vam deixar-ho tot / el cor encés pel món”. Eso es lo que había hecho cincuenta años antes Ferrer: abandonarlo todo y lanzarse al mundo con el corazón encendido. En ese medio siglo, el famoso cooperante barcelonés ha cambiado la vida de cientos de miles de desposeídos y se erigió en un referente internacional del trabajo humanitario. Entre los muchos premios y distinciones que recibió destaca el Príncipe de Asturias de la Concordia, en 1998.
La biografía de Vicente Ferrer es impresionante, novelesca. Hay varios libros que lo atestiguan. El primero lo escribió Alberto Oliveras, con el título La revolución silenciosa. Oliveras fue el alma de un programa de radio emitido por la Cadena Ser entre 1960 y 1977, los miércoles a las diez y media de la noche. Se llamaba Ustedes son formidables. Era un instrumento magnífico para llamar a la solidaridad ciudadana ante situaciones dramáticas, cotidianas o excepcionales. El programa marcó una época y Vicente Ferrer fue muchas veces protagonista. De entonces acá han llovido más libros, uno del propio Ferrer, titulado El encuentro con la realidad. El último es de hace apenas un año, firmado por Anna Ferrer y editado por Espasa con el título Un pacto de amor. Mi vida junto a Vicente Ferrer.
En realidad, Anna Ferrer se llama Anna Perry, nacida en 1947 en Essex, al sureste de Gran Bretaña. Reportera de la revista Current, un día le encargaron un reportaje sobre el jesuita cooperante español. Meses después decidió volver a su lado, como una trabajadora más. Acabó casándose con el jesuita español, en una boda cuya noticia dio la vuelta al mundo. Tienen tres hijos. Cuando le preguntaban cómo pudo construir tantos proyectos desde la nada, Vicente Ferrer, bajito y delgado, vestido siempre con una camisa de color caqui, unos pantalones de algodón y una sencillas sandalias, solía contar la reacción de una persona a la que le describió el personal y la organización que lo acompañaba. Incluyó a su mujer. “Es inglesa”, precisó Ferrer. “¡Claro, eso lo explica todo! ¡El latino y la sajona!”, sentenció el curioso.
Ferrer nació en Barcelona el 9 de abril de 1920. No era buena fecha para venir al mundo en España. Debió pensarlo un jovencísimo Vicente Ferrer el día en que, a los 16 años, pidió el carné del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Pronto fue llamado a filas para luchar en la guerra incivil que desató en el verano de 1936 un golpe militar nacionalcatólico. Le tocó batallar en el Ebro en 1938. En la retirada del ejército vencido hacia Francia, tras la caída del frente de Cataluña, Ferrer fue internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. No había cometido delito alguno, salvo el ser joven y revolucionario, pero fue entregado por las autoridades francesas a las franquistas en Hendaya, e internado en el campo de concentración de Betanzos. Allí pasó lo que quedaba de 1939. Liberado, tuvo que cumplir de nuevo el servicio militar: en total siete años de movilización contando los años de guerra, la reclusión en los campos de castigo y de nuevo el servicio militar. Pese a todo, conservó las ganas de luchar. En 1944 abandonó sus estudios de Derecho y se hizo jesuita, con la idea de “ayudar a los demás”.
En 1952 es enviado a Mumbai como misionero para completar su formación espiritual. Es su primer contacto con la India. Ya no paró de trabajar para erradicar el sufrimiento de los más pobres de ese país. Muchas veces, su labor generó suspicacias entre los dirigentes políticos, aún mayores entre los mandamases de la Compañía de Jesús. No lo expulsaron de la congregación, pero sí de la India. Treinta mil campesinos, secundados por intelectuales, políticos y líderes religiosos, se movilizaron en una marcha de 250 kilómetros para protestar. La primera ministra Indira Gandhi intervino con una solución salomónica. Ferrer se marcharía a Europa para “unas cortas vacaciones”, y sería bien recibido de vuelta otra vez en la India siempre que cambiase de lugar de residencia. Ocurrió en 1968.
Vicente Ferrer regresó a España. Pronto, Indira Gandhi se preocupa por su tardanza en volver. “¿Por qué no está aquí ya?”, preguntó a los amigos del tozudo y providencial misionero. Lo hizo casi un años después, en 1969, y se instaló en Anantapur (Andhra Pradesh), uno de los distritos más pobres del país. Ese mismo año dejó la Compañía de Jesús y creó, junto a quien será su esposa unos meses más tarde, la Fundación Vicente Ferrer. Hoy gestionan cinco hospitales y cientos de escuelas, levantados con las donaciones de 130.000 padrinos. Cuando faltaba dinero (es decir, casi siempre), Vicente Ferrer siempre encontraba a alguien -persona física o institución- que le solucionada in extremis sus apreturas financieras. También llevó adelante miles de programas de ayudas a agricultores para dotar de agua sus poblados y de créditos sus actividades. Es el imperio de la cooperación, una tarea impresionante incluso para quienes, como el asturiano Padre Ángel, están siguiendo sus pasos con tesón y bondad increíbles. En definitiva, con Vicente Ferrer desaparece un filántropo gigantesco y un español universal (permítase ahora tópico tan conveniente).
BAREMO DE ENTIDADES PUBLICAS Y PRIVADAS QUE TRABAJEN POR EL RESPETO
1 Junio 2009 – 14:16Se trata de crear una página abierta a todos los miembros de la fundación, no sólo a los adscritos a la misma sino a todos los lectores que quieran aportar noticias y evaluar la actuación de las entidades en favor del RESPETO. Todas las entidades (partidos polìticos, asociaciones, organizaciones sin ánimo de lucro etc. clasificadas y ordenadas alfabéticamente) comenzarán su andadadura con una bolsa completa de cien puntos que podrán complementar o disminuir siempre que actúen en favor o perjudiquen al respeto.
Junto a cada evaluación se deberá acompañar por medio de un link la noticia que testifique la evaluación positiva o negativa y siempre acompañará a este Blog una representación gráfica que haga visualizar el ascenso o descenso de esta entindad a lo largo de los dìas.
En el centenario de la expulsión de los moriscos
24 Mayo 2009 – 12:28Quiero incluir unas noticias en homenaje de los moriscos que fueron expulsados en 1609 de España. Este acto además de ser contrario a los intereses de los mismos españoles, fue un de los mayores actos de desprecio, falta de respeto e ignominia que se cometió contra los moriscos o como ellos mismos se denominaban la “nación morisca” equiparable a la expulsión de los judíos o a la instauración del Tribunal de la Inquisición española.
LOS MORISCOS
El problema morisco, tanto la guerra de las Alpujarras como la expulsión, es uno de los temas más repetidos en la literatura y en la historiografía de los siglos XVI y XVII. Los cristianos nuevos suponen un elevado contingente de población dentro de la realidad hispana del Siglo de Oro, lo que justifica ese interés. Junto a este factor hay que recordar la coyuntura internacional por la que atraviesa el imperio español (el poderío turco se extiende peligrosamente por el Mediterráneo cristiano), la condición religiosa de los miembros de la minoría y la peculiar configuración de la sociedad en tiempos de Felipe II.
La intitulación de «morisco» surge después del edicto de conversión forzosa dictado por Cisneros en 1502. Esta denominación engloba diferentes grupos de divergente situación. En primer lugar se encuentran los moriscos de la Corona de Aragón con una división entre aragoneses, que son vasallos de señor asentados en las zonas fértiles del Valle del Ebro, a los valencianos, contingente compacto y predominante en el antiguo reino del Turia. Un segundo grupo engloba a los moriscos castellanos procedentes de los antiguos mudéjares, asimilados casi totalmente en la forma de vida cristiana, y que gozan de una gran libertad de movimiento. El último grupo estaría formado por los moriscos andaluces, que continúan viviendo en sus lugares de origen después de la conquista de Granada en 1492. Población eminentemente musulmana en sus costumbres, creencias y formas de vida. Los granadinos se sublevarán por primera vez en 1500, claramente motivados por la política intransigente de Cisneros.
Los moriscos toman partido claro en los conflictos interiores en los primeros años del reinado del Emperador. Los castellanos se alían con el patriarcado urbano en la guerra de las comunidades. Y en las Germanías los valencianos se situaron al lado de los señores. Para entender este comportamiento hay que recordar que los moriscos valencianos constituían la base del sistema señorial, y recibían por ello un trato diferente al de los cristianos viejos.
Durante el reinado del Emperador la tolerancia es la base de la convivencia entre las dos culturas antagónicas. Aunque se dictan pragmáticas que prohíben los usos y formas de vida islámica de los moriscos, nunca fueron llevadas a la práctica.
La situación internacional cambia con la llegada al trono de Felipe II. En la década del 50, los turcos y los berberiscos amenazan el Mediterráneo occidental, y se empieza a pensar en el morisco como un «quinta-columnista» que amenaza la Monarquía Hispana. En ese ambiente, más hostil hacia el morisco, se dictan pragmáticas como la de 1567 que prohíbe el uso de la ropa y la lengua árabe, y se convierte en uno de los principales desencadenantes de la Guerra de Granada (1568-1571). La convivencia entre cristianos nuevos y viejos se iba rompiendo paulatinamente, siendo de día en día más difícil. Este conflicto puede ser considerado como uno de los más crueles que ha visto la Historia de España, ya que además de ser una guerra civil, aparece impregnado de fanatismo religioso por los dos bandos. Se enfrentan dos ejércitos diferentes y con estrategias antagónicas. Los cristianos viejos utilizan el «sistema militar español» que tan buenos resultados da en la empresa europea. El morisco, que posee un perfecto conocimiento del terreno, se ve abocado a tomar la táctica de guerrillas, con emboscadas y golpes de mano iracundos. Es una lucha entre dos culturas: la cristiana, que desea imponer su sistema de vida en toda la extensión de la expresión y la hispano-musulmana que se defiende desesperadamente ante el peligro de su inminente extinción.
El asesinato de Aben Humeya por sus propios correligionarios supone el triunfo del ala más radical del movimiento. Así, el sector más extremista, el de los monfíes, se pone a la cabeza de la rebelión. Joan Regla, al intentar explicar la derrota morisca en esta guerra, da una importancia prioritaria a la decisión de la deportación de los moriscos de la vega de Granada, que priva de aprovisionamiento a los montañeses, a la que hay que añadir una crisis de subsistencia en la Castilla de 1571. La derrota de la minoría se produce casi por auto fagocitosis: el movimiento se consume a sí mismo según se radicalizan sus pretensiones.
Tres fueron los historiadores que nos han legado la crónica de estos sucesos. El primero fue Diego Hurtado de Mendoza, en una pequeña obra que lleva como título La Guerra de Granada, que tuvo una gran difusión en su época. Los sucesos están narrados a la manera de Tácito e Salustio, pero la crónica es muy caprichosa en los hechos que cuenta, y oscura y tendenciosa en algunos de los pasajes. Luis de Mármol Carvajal con su Historia de la Rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada (autor que ha recibido los más altos elogios por su crónica a cargo de los historiadores del proceso morisco posteriores) nos aporta gran cantidad de datos etnográficos, descollando su realismo. Y por último, las Guerras Civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita, que es un relato novelesco de la sublevación, poco fiable como fuente historiográfica.
Los tres escritores demuestran sus tendencias en pro y en contra del morisco, pero en ningún momento se plantean un remedio radical (como definiría un arbitrista a la expulsión) como es la deportación de los moriscos.
Una vez consumada la derrota de los sublevados se piensa en su asentamiento en Castilla para evitar futuros peligros. F. Braudel piensa que la deportación de los moriscos granadinos a Castilla no hace más que extender el problema a zonas que hasta ese momento no habían sido afectadas. La convivencia se hace más difícil, las tensiones aumentan entre las dos comunidades, como lo demuestran el mayor número de moriscos procesados por los tribunales inquisitoriales. Dentro de esta misma coyuntura se pueden incluir el bando en el que se ordena el desarme de los moriscos de Valencia en 1575 y las tensiones entre moriscos y pastores montañeses en Aragón en 1585.
Este brevísimo resumen de las principales tensiones entre cristianos y moriscos se cierra con 1a expulsión de la minoría. El primer bando se pregona en Valencia el 22 de septiembre de 1609 y en los meses y años sucesivos se extiende a otras regiones peninsulares. Las causas que llevaron a nuestros dirigentes a expeler a un gran contingente de población no están dilucidadas. Reglá opina que «en la problemática general de la época, la expulsión de los moriscos fue el resultado de sustituir la política asimiladora de Felipe II por las directrices exclusivistas del Duque de Lerma, quien insufló la “presión” del barroco para zanjar la incompatibilidad entre el Estado y una minoría disidente».
Todos los tratadistas que escriben sobre este tema en los siglos XVI y XVII publican sus obras con posterioridad a 1609 (lo que demuestra que la expulsión de la minoría fue una medida inesperada por los hombres de su tiempo) y su objetivo es justificar la medida tomada por el poder central. Sobre la expulsión se exponen dos tesis contrapuestas, que son resumidas esquemáticamente por Mercedes García Arenal:
- Posición panegirista mantenida por los autores españoles, católicos y tradicionalistas, admiradores de Felipe II y, en general, por la llamada «derecha». Presentan a los moriscos como un peligro constante, un cuerpo inadmisible y rebelde que causa toda serie de trastornos y atenta contra la seguridad y unidad del país. Se esfuerzan en probar que la medida fue justa, de gran utilidad pública, y que contó con el unánime apoyo popular. Cuando menos que fue inevitable.
- Los detractores son principalmente autores extranjeros hostiles a la casa de Austria (los franceses del siglo XVII y XVIII y los protestantes en general), los liberales y economistas dieciochescos, las «izquierdas». Critican rotundamente y absolutamente la expulsión, viendo en ella no sólo una medida cruel, inhumana e innecesaria, sino el factor principal de la decadencia de España, ya que el país quedó privado de uno de los sectores más laboriosos de su población.»
La resolución de la expulsión de la minoría suscitó la atención de sus contemporáneos, como lo demuestra el gran número de obras que sobre ella se publican. Literariamente su valor es escaso e incluso nulo si lo comparamos con las obras que versan sobre la Guerra de Granada. Por la información que nos suministran se pueden dividir, tomando como punto de referencia su repercusión en la historiografía posterior v el volumen de noticias facilitadas por sus autores, en:
a) Generales, que tratan el problema morisco buscando los orígenes de la minoría y de la religión que practican. Dentro de este grupo incluimos las obras de Bleda, Aznar Cardona, Fonseca y Guadalajara y Xavier.
b) Específicas o monográficas, que se ocupan de analizar aspectos parciales de la expulsión, o son obras poéticas panegíricas en favor y los de la resolución tomada por Felipe III y su valido.
Toda la historiografía de esta época se caracteriza por su carácter apologético y, por lo tanto, ninguna de estas obras se plantea crítica alguna al poder central. Consideran la medida justa, necesaria v religiosamente imprescindible. Gracias a ella poseemos un país del que, en el sentido más estricto, se han desterrado los herejes, apóstatas y traidores. Todos los autores coinciden en señalar que la toma de la plaza de Alarache es una dádiva otorgada por Dios en recompensa por el sacrificio realizado por el católico monarca. Algunas de las obras incluyen en sus páginas argumentos contrarios a la expulsión. Pero lejos de hacerlo con el fin de oponerse a la medida, o al menos de buscar alguna tolerancia, se proponen rebatirlos uno a uno.
En este mismo momento surgen, sin embargo, las primeras, aunque tímidas, críticas a esta medida. Buen ejemplo, y ya es bastante en un momento en que la sola presión social -casi pasional- impide la propagación de cualquier idea contraria al espíritu generalizado, es el caso de Pedro de León citado por A. Domínguez Ortiz en Crisis y decadencia de la España de los Austrias. El jesuita va a ensalzar al morisco comparándolo con el repoblador de la Alpujarra: «Eran cada uno de lugar diferente, y cada cual tenía sus costumbres, y sobre todo eran gente medio foragida y de mal vivir, gentes que no las habían podido sufrir en sus tierras a donde avían nacido, matadores, facinerosos y de fieras e incultas costumbres…, holgazanes y de malas mañas, que no dexaban aun madurar las fructas de sus vecinos porque en agraz se las hurtavan.»
En la literatura del siglo XVI es factible detectar la evolución de la mentalidad de los españoles respecto a los moriscos. No es nuestro objetivo centrarnos sobre este tema, pero no dejamos de reconocer que gracias a estos testimonios podemos conocer algunos de los caracteres y costumbres de esta minoría.
La primera referencia, en un sentido cronológico, la encontramos en Alvar Gómez de Castro, humanista del primer Renacimiento español. Dedica algunos de sus poemas en castellano con el título de «Coplas de moriscos»:
Nacer morir, sembrar coger
es natural porfía
mas lid, vencer, aver buena muger
es en el alto poder
de la gran soberanía.
Bien como la piedra balasa
que en sí no tiene carcoma
tal es la tu cara axa
cruda lança de mahoma
que mis entrañas raxa.
Dicen que en las puertas de Fez, esta escrito
Quien de Fez sale, dónde irá?
Quien trigo vende, qué comprará?
Mucho más intransigente con la minoría es Francesillo de Zúñiga. El Bufón de la Corte de Carlos V dice refiriéndose a los moriscos valencianos: «En este tiempo en el reino de Valencia, cuando las alteraciones de España, fueron convertidos a la fe católica muchos moros del dicho reino; y donde pocos días, como sea gente tan vana y liviana y sin fundamento, muchos se levantaron y se fueron con sus mujeres a la sierra; y se hicieron fuertes. Y cada día iba creciendo el número de ellos… Y como los que son rebeldes y duros de corazón permite Nuestro Señor que se pierdan, así ellos no lo quisieran hacer.» Este sentimiento revanchista entroncaría más con la intolerancia de la segunda mitad del siglo que con la conciencia laxa del Emperador y sus colaboradores.
La Guerra de Granada hace que nuestros escritores tomen posturas más radicales hacia la minoría:
Verás el impío vando
en la fragosa, inaccesible cumbre,
que sube amenazando
a la celeste lumbre
confiando en su osada muchedumbre
allí, de miedo ajeno
corre mal suelta cabra, i s’abalança
con el fogoso trueno
de su cubierta estança
i sigue de sus oídos la vengança.
Mas luego qu’aparece
el joven d’Austria en la enriscada sierra,
el temor entorpece
a la enemiga tierra,
i con ella acabó toda la guerra. (Fernando de Herrera)
En la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII, ninguno de nuestros literatos rompe lanza alguna a favor de los moriscos. Fray Luis de León se lamenta del bautismo forzoso de la minoría al considerarlo un error:
Do mete a sangre v fuego
mil pueblos el morisco descreído
a quien va perdón ciego
hubimos concedido;
a quien en santo baño
teñimos por nuestro mayor daño.
Pero los más iracundos detractores los encontramos en las figuras de Lope de Vega y Quevedo. En un gran número de sus obras Lope pone en boca de sus personajes críticas contra los moriscos. Como prueba de lo aquí expuesto valgan estos pequeños versos en los que alaba a Felipe III por decretar la expulsión de la minoría:
Y es tan aseado y limpio.
Que de una vez limpió a España
lo que desde el postrer Godo
Ningún rey pudo por armas;
Echó, finalmente, a cuantos
Por voto bebieron agua;
Que en vino, tocino y bulas
No gastaron una blanca.
Quevedo nos muestra su odio hacia los cristianos nuevos en un gran número de sus composiciones, tanto en prosa como en verso:
«… Así mismo, que los Mendoza, Enríquez, Guzmanes y otros apellidos semejantes que las putas y moriscos tienen usurpados, se entienden que son suyos, como la Marquesilla en las perras, Cordobilla en los caballos y César en los extranjeros…» En la Vida del Buscón don Pablos no pierde la oportunidad de menospreciar a la minoría: «Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tarde de antes del anochecer una hora y llegamos a media noche a la siempre maldita venta de Viveros. El Ventero que era morisco y ladrón (que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que aquel día)…»
El género de la novela picaresca está lleno de referencias a los moriscos e incluso los protagonistas de algunas de ellas son descendientes directos de cristianos nuevos, como es el caso de La hija de la Celestina, de Salas Barbadillo. Vicente Espinel en la Vida del Escudero Marcos de Obregón, entre las pausas 8ª a la 14ª, hace aparecer un gran número de moriscos que van a ser maltratados por el autor.
La literatura popular se encuentra en las mismas coordenadas que la culta. De esta opinión es María de la Cruz García de Enterría: «En nuestra poesía de cordel sólo encontramos la opinión adversa a los moriscos y las alabanzas al monarca que ordenó su expulsión. Porque lo reflejado en los pliegos sueltos no es más que el odio de los españoles hacia los moriscos.»
La expulsión fue alabada hasta por los cronistas portugueses, que tan alejados estaban de este problema:
«I porque desta necessaria i próspera expulsión redundaron también grandes aprovechamientos a las rentas de su Magestad en esta su aduana, en agradecimiento dedicó ella este espectáculo con la impresión presente, que estava debaxo del emisferio celeste».
Algunos de nuestros arbitristas más afamados son de la misma opinión que los historiadores y literatos. Sancho de Moncada se congratula de la decisión real por «… que como enemigos de España, eran causa de muchas muertes (como dijo V. M. en el Real Bando de expulsión) y así hacerla antes fue aumentar la nación española».
Pero van a ser los propios arbitristas los que unos años más tarde critiquen la expulsión. Un buen ejemplo lo encontramos en Fernando de Navarrete en su Conservación de Monarquías que afirma que:
«… tengo por cierto que si a los principios se hubiera tomado algún modo de no tener señalados con nota de infamia a los moriscos, hubieran procurado todos reducirse a la religión católica; que si la tomaron odio y horror, fue por verse en ella abatidos v despreciados y sin esperanza de poder con el tiempo borrar la nota de su bajo nacimiento.»
Cervantes introduce personajes y referencias a los moriscos en varias de sus obras. Su opinión sobre la minoría va a ir cambiando según vayan pasando los años. Se aprecia una dura crítica en Los Baños de Argel y el Coloquio de los Perros:
BERGANZA. ¡Oh cuántas y cuales cosas te pudiera decir de esta morisca canalla… todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirlo trabajan y no comen… de modo que ganado siempre, y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España: ellos son su hucha, su polilla, sus picarazas y sus comadrejas: todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan.
En el Quijote se produce un replanteamiento del tema. Que aparezca en esta obra el morisco Ricote no es un hecho gratuito. Cervantes pretende con él representar a toda la minoría. Les sigue criticando por su avaricia (el regreso del morisco es debido a que quiere desenterrar un cofre repleto de monedas), pero su forma de verlos es opuesta a sus primeras obras. Oliver piensa que «Cervantes despierta el sentimiento de piedad hacia Ricote como símbolo de todos los moriscos. La unión entre Gregorio y Ana Félix constituye una prueba de que Cervantes pretende la unión de las dos razas… El perdón del visorrey es el perdón a todos los moriscos españoles. Ricote está visto a través de un cristal piadoso y humanístico, y representa el todo por la parte».
Calderón de la Barca se va a diferenciar en este tema, como en otros muchos, de sus correligionarios. Publica una comedia en la que la mayoría de los personajes son moriscos y cuya acción se desarrolla en plena Guerra de Granada. Amar después de la Muerte es la más clara demostración de que simpatiza con la minoría, pudiéndosele considerar como el gran amigo de los rebeldes.
Con el reinado de Felipe IV la mentalidad de historiadores, literatos y clases populares cambia radicalmente en cuanto a la consideración del problema morisco. La resolución de 1609 empieza a pesar como una gran losa sobre la conciencia de los españoles e incluso se considera injusta e innecesaria la deportación de cerca de 400.000 habitantes de la península.
Con el último Austria español y la llegada de los Borbones a la Monarquía Española el problema morisco cae en el más absoluto olvido. Sólo el trabajo del inglés Michael Geddes rompe este oscuro panorama en 1702. Pero esta obra no es conocida, ni mencionada por nuestros escritores decimonónicos. Los ilustrados españoles olvidan la suerte de la minoría cristiana nueva. Este silencio será roto tan sólo por los románticos después del primer tercio del siglo XIX.
Podemos considerar que alrededor de la década de los años cincuenta del siglo pasado es cuando se vuelve a estudiar el tema morisco. Ricardo García Cárcel afirma de la historiografía de este periodo que “Desde la misma fecha de la expulsión de los moriscos (1609) hasta 1901, año de publicación de la obra de Boronat, que constituye la muestra más expresiva de la beligerancia (agresiva) contra los moriscos, la historiografía española abunda en el empeño apologético de la expulsión, considerándola como la lógica consecuencia del providencialismo de la España ‘Luz de Trento’ o martillo de herejes”.
Lo expuesto aquí por el historiador valenciano creo que no responde a la realidad de la historiografía del siglo XIX.
Las obras de Boronat y Lea se incluirán en este capítulo (aunque la techa de publicación de estos libros se produciría en los primeros años del siglo XX) por ser la culminación de todos los estudios aparecidos en el ochocientos.
Desde Florencio laner a Pascual Boronat se piensa que la expulsión de los moriscos supone la culminación de la unidad política v religiosa de España, pero los diferentes estudiosos discrepan en el procedimiento, oportunidad y consecuencias económicas. No se puede meter en un mismo saco toda la producción historiográfica del XIX. Si bien es cierto que hay escritores eminentemente apologéticos, hay otros que se cuestionan total o parcialmente la política llevada a cabo por los Austrias con los cristianos nuevos. De los más iracundos detractores, como Boronat, a los críticos de la política de asimilación llevada a cabo por los Reyes Católicos y los primeros Austrias, existen opiniones entre los historiadores decimonónicos. En la mía no son equiparables las obras de Danvila, Boronat, Vlenéndez v Pelavo Cánovas del Castillo, con las de Modesto Lafuente, Florencio Janer o Sangrador y Vitores. Nuestro enfoque sobre el tema se encuentra más cercano al de Eugenio Císcar Pallarés, que al de García Cárcel, «para unos está plenamente justificada la expulsión y supuso un bien extraordinario para el país, sobre todo en la vida religiosa y espiritual (Danvila y Collado, Cánovas del Castillo, Menéndez y Pelayo). Los más en una perspectiva liberal y tolerante, lamentan el hecho, cuya responsabilidad atribuyen a la intolerancia de un clero poco ilustrado, la debilidad de Felipe III y el interés de un ministro venal (Muñoz y Gavira), y consideran que fue una medida desastrosa para la evolución posterior del país, aunque pudiese reportar algún bien espiritual.
En todas las obras del siglo XIX se plantea el problema morisco como un enfrentamiento racial. La raza mora e la raza cristiana combaten en el suelo peninsular desde 711 y terminándose el enfrentamiento en 1609.
La Reconquista, por tanto, no dura ocho siglos, sino nueve. Esta visión contrasta con la forma en que se analiza en la actualidad el tema. Reglá demostró que es un problema cultural, las diferencias raciales no existen; si no, sería incomprensible entender la pragmática para que se quedasen los cristianos viejos con los párvulos de los moriscos.
Otro tópico que se repite es el de la consecución de la unidad nacional con la diáspora de la minoría. Los escritores liberales defenderán sistemáticamente a la minoría y atacan a la administración imperial. Por el contrario, los historiadores conservadores defienden la religión como elemento constitutivo de la nación española.
Como ocurre con toda periodización, somos conscientes de la parcialidad que las tajantes divisiones producen. Resulta mus difícil diferenciar a los historiadores conservadores y liberales, al no existir una frontera clara entre las dos tendencias. Una situación similar nos encontramos con la influencia del positivismo en estos historiadores. Es clara la repercusión de esta corriente en Menéndez y Pelayo, pero los demás escritores tampoco estarían exentos de la misma.
Lo que sí nos encontramos capacitados de establecer es una agrupación de las obras en tres apartados:
a) Historiadores que sólo se dedican a enjuiciar las resoluciones de los monarcas de la casa de Austria. Estas obras, de eminente carácter polémico, se basan en las descritas en el capítulo anterior, sin ninguna o mínima documentación original (por ejemplo, Albert de Circout).
b) Los estudios basados en una fuerte base textual inédita. Dentro de este grupo se situarían las obras de Lea (documentación inquisitorial), Danvila (actas de los Consejos, cartas y cuadernos de Cortes), Boronat (documentos procedentes de los archivos valencianos), Janer (acopiando manuscritos procedentes del Archivo de la Corona de Aragón y del Archivo General de Simancas).
c) Obras de historiadores que nos legan relatos literarios basados en hechos históricos reales. Estos escritores estarían influidos o pertenecen directamente a la corriente romántica, que se extiende con gran fuerza en la primera mitad del siglo XIX. El modelo más destacado de este tercer grupo sería el catedrático de Geografía e Historia en un Instituto valenciano y cronista oficial de la ciudad del Turia, Vicente Boixe.
Aparte de esta división genérica, hay que distinguir dentro de ella la corriente ideológica de cada uno de los autores. Los conservadores, defensores a ultranza de 1a unidad religiosa, son incapaces de criticar la expulsión y no encuentran ningún punto que ensombrezca esta medida. Y los liberales, que son más tolerantes con los moriscos y más críticos con el poder. Dentro de la primera corriente situaríamos a Cánovas del Castillo, Danvila, Boronat y Menéndez y Pelayo. Y entre los liberales se situarían Muñoz y Gavira, Janer, Amador de los Ríos, Modesto Lafuente y Lea entre otros.
El caso del Vizconde francés Albert de Circout habría que excluirlo de esta última clasificación por sus objetivos. Este personaje se encuentra más cercano a la visión liberal que a la conservadora, pero tampoco podría ser inscrito en la primera tendencia. La documentación que nos ofrece es exigua y su último fin es la difamación de un poder y de una nación que, aún en el siglo XIX se puede considerar bárbara y brutal. Recorre con gusto todos los errores de la política española. Ve en la expulsión efectos económicos funestos, pero no coincide en afirmar el buen resultado político y religioso.
La búsqueda de las causas que impelen a los historiadores decimonónicos al estudio de este tema es compleja, pues son variadas. No creemos que sean las mismas para todos ellos y más bien habría que agruparlos por generaciones, motivaciones políticas, corrientes ideológicas procedentes de Europa o por simple reacción a los acontecimientos que vive España de 1850 a 1901.
En primer lugar, no se puede negar que el interés sobre el tema viene motivado por el romanticismo que, aunque con menos fuerza que en otras zonas de Europa, también deja sentir su peso en España. Por otro lado, los estudios sobre la época imperial que llevan a cabo los historiadores del XIX les hacen encontrarse de golpe con este problema. El liberalismo en defensa de la minoría y los conservadores, como sería el caso de Cánovas, en busca del elemento constitutivo de la nacionalidad española.
Un punto hay que resaltar para comprender la razón de esta historiografía: el hecho de que son ]os políticos-historiadores, tan abundantes en el siglo pasado, los que se preocupan del tema en un primer momento. De aquí viene la intencionalidad de los propios escritos. No solo estudian un hecho histórico, sino que defienden unos puntos ideológicos concretos a través del estudio de la minoría.
Por último, este súbito interés por el tema vendría originado por las guerras que se están produciendo en el protectorado de Marruecos. La escuela arabista del siglo XIX, que tendría su mejor exponente en Pascual Gayangos, tampoco se puede sustraer a este influjo.
Los españoles del siglo XIX, después de varios siglos, se vuelven a encontrar con los musulmanes frente a frente. Si los historiadores del problema morisco de los siglos XVI y XVII ya tenían una dimensión africana, al escribir algunos de ellos historias generales del Norte de África o relatos africanos, esta característica se vuelve a encontrar en la segunda mitad del ochocientos.
La cuestión africana va a crear un enemigo común, que nos va hacer recordar tiempos pasados, con los problemas que crea la convivencia de dos culturas esencialmente diferentes. Valga como ejemplo que la obra de Sangrador y Vitores esté dedicada a O’donnel, corno conquistador de la ciudad de Tetuan, diciéndose de esta ciudad que fue fundada por los moriscos.
No solo existe un deprecio a una cultura, sino también a un continente, como se prueba en esta cita del prologo de la cita de Boronart escrito por Manuel Danvila: “¿Qué trajeron de África los invasores del siglo VIII? ¿Qué han hecho prosperar en África cuando regresaron de aquí. Nada ciertamente”. Cabría preguntarse si se puede hallar en este texto el desprecio a lo que se van a encontrar los españoles en el Norte de África. También resulta significativo que se emplee la denominación de raza para definir al morisco, cuando se está conviviendo con los musulmanes en el Magreb.
En la obra de Boronat se podría aducir un factor más para entender su visión antimorisca. En los años en que realiza su trabajo se está produciendo la pérdida de las colonias americanas, con perjuicios económicos y poblacionales. Por las numerosas menciones que hace al tema a lo largo de la obra, la pérdida de las colonias sitúa a España ante un futuro incierto, ante una nueva época de decadencia, por esto se recurriría al siglo XVII y concretamente a la expulsión de los moriscos como un fenómeno, en cierta manera, similar. Se vuelve la mirada hacia las cuestiones interiores, y es el problema morisco un ejemplo significativo de una década difícil de 1a historia de España. La condición de eclesiástico de Boronat también influiría directamente en esta obsesión antimorisca.
Estos dos factores van a crear una conciencia de unidad interior, de una nación española sólida y fortalecida con la religión. Esta tesis se encuentra, sin excepción, en todas las obras de la historiografía del siglo XIX.
La polémica se entabla más en las consecuencias económicas y el trato que recibe el morisco, que en sus consecuencias político-religiosas, en donde la opinión es unánime.
Después de 1901, año de la publicación de las obras de Boronat y Lea, el problema morisco sufre decenios de olvido. Sólo los trabajos de los arabistas, como Pedro Longás, se interesan por el problema, pero exclusivamente desde un punto de vista religioso. A la pregunta de por qué no aparece una obra de conjunto sólo podemos responder que los historiadores piensan que el tema está suficientemente estudiado y que nada nuevo podían añadir. Por otro lado, durante los años que siguieron a la guerra civil de 1936 se mitifica el imperio español de los Austrias, pero analizado como un periodo áureo, que no se podía ensombrecer con la permanencia de un grupo que es disidente política y religiosamente. Si algún estudio existe, su único fin es el recordarnos la condición de vencido del musulmán español.
Dos pueden ser las causas por las cuales la década de los años 50 suponga el cambio de este panorama: el interés por las minorías y marginados, que comenzaría por el tema de los judeoconversos, y en segundo lugar, la polémica entre Sánchez Albornoz y Américo Castro sobre la realidad histórica de España.
La afirmación de que grandes figuras de las letras hispanas fueran conversos (Luis Vives puede ser un ejemplo significativo) causó una revolución en el mundo histórico de la época. La minoría no produjo ningún sobresalto a los profesores de la Historia de España, pero se benefició de la fiebre de buscar el origen converso en cualquier personalidad relevante de nuestro pasado. La carencia de éstas dentro del grupo morisco es innegable, pero se pensó en ellos como una posibilidad de establecer una Sociología de Masas. Aquí se entroncaría la escuela de los Annales, a la que nos referiremos más tarde.
Américo Castro, en España en su historia, se cuestiona la visión oficial de nuestro pasado y no parece exagerado afirmar, como García Cárcel, que esta obra es: «… el acta de resurrección de los otros españoles». Resulta fácil la crítica, con nuestra visión del problema, a las ideas de este autor, pero no es éste nuestro propósito, sino rendirle tributo al atraer la furibunda crítica de Claudio Sánchez Albornoz. El problema morisco se airea con las réplicas y contrarréplicas que uno y otro autor se hacen.
La historiografía de carácter polémico (como la del siglo XIX) da paso a una visión científica del problema. Tres van a ser las vías que se abran: la escuela de los Annales, Joan Regla y Caro Baroja. Son tres soluciones coetáneas y que se complementan unas a otras.
F. Braudel, H. Lapeyme y T. Halperin-Donghi se plantean el problema como un conflicto de civilizaciones en un marco geográfico, político, temporal y cultural determinado. Lapeyme emprende el estudio de la cuantificación de la minoría y Halperin-Donghi establece una sociología del grupo morisco valenciano. La expulsión empieza a ser duramente criticada, así como la realización de la política asimiladora de Felipe II y Carlos V. Se destierra el providencialismo de los siglos XVI y XVII y la crítica sistemática a un poder estatal tiránico (como lo hacía la historiografía liberal decimonónica). En palabras de Joan Regla «… consuela pensar que el desplazamiento del historiador-juez por el historiador que aspira a comprender, ha de contribuir decisivamente a crear una atmósfera de comprensión entre los seres humanos».
Joan Reglá, influenciado por la escuela de los Annales, emprende el estudio de la minoría. Ni su método, ni las conclusiones a las que llega se diferencian mucho de los historiadores anteriores, pero situarle en esta avanzadilla de los estudiosos del problema morisco nos parece una cuestión de justicia. Crea una escuela dedicada a conocer a los cristianos nuevos de Valencia. Reglá, a instancias de su maestro Vicens Vives, promueve:
- La necesidad de regionalizar la historia de esta minoría.
- El análisis del problema morisco como el de un grupo social, que a la vez es una clase trabajadora con características propias.
Garrad en 1945 se empieza a interesar por la sublevación de las Alpujarras en 1568. Gracias a este artículo el cristiano nuevo del antiguo reino nazarí empieza a ser recordado (la historiografía del XVI y 1a del XIX se había preocupado, casi exclusivamente, de los valencianos). Pero será Julio Caro Baroja el que explique, por primera vez, las características de este grupo. En su ensayo de historia social establece unas consideraciones sobre el problema de los linajes y la situación de la Granada de los años 60 del siglo XVI casi insuperables.
Junto a estas tres vías maestras hay que recordar a la corriente arabista, que nunca se despreocupó del análisis de la minoría.
El estudio del problema morisco y sus consecuencias atraviesa su edad de oro en las dos últimas décadas del siglo XX. Se empieza a plantear como el enfrentamiento de dos culturas diferenciadas. Las dificultades de la vida cotidiana en el siglo XVI son debidas a la existencia de dos concepciones religiosas diferentes y no por el antagonismo de dos etnias.
Los contingentes moriscos emigrados al Norte de África comenzaron a ser estudiados por Mikel Epalza. A raíz de sus publicaciones, tanto historiadores españoles como árabes intentan establecer el número exacto de los deportados y las influencias técnicas y culturales que estos exiliados aportan a su nuevo hábitat.
De las grandes obras monumentales, que estudian el problema morisco en su dimensión política, se ha pasado a la monografía especializada que se fija en aspectos concretos de la polémica. Sus formas de comportamiento religioso, su trato por la Inquisición, la forma de vestir, las prácticas médicas, sus ceremonias v sus aficiones literarias son rescatadas de los papeles de los archivos. La obra de A. Domínguez Ortiz y B. Vincent, publicada en 1978, tiene el gran mérito de sintetizar gran parte de las publicaciones aparecidas, aparte de la introducción de documentación inédita.
A la historiografía nacional-católica, preocupada por mitificar el pasado imperial español, le incomodaban los moriscos, eran un elemento discordante en un bloque supuestamente monolítico. Ante tal complicación respondieron con el olvido y su utilización para demostrar sus idearios. El morisco sobrepasa con mucho la mera calificación de «quintacolumnista» del Islam, para integrarse en una parte esencial de la nacionalidad española del siglo XVI. Todos los historiadores que estudian el tema a partir de los años 50 toman partido favorable al morisco, no para volver a establecer una historiografía polémica, sino para hacer justicia a un grupo tan maltratado por nuestros antepasados.
Sobre la suerte de la minoría jugaron más factores que su propio comportamiento. La Contrarreforma, la intransigencia, la economía, la avaricia o la coyuntura internacional dictaron su suerte. La expulsión de una buena parte de la “nación española” del XVI y XVII continúa estando poco clara, o simplemente continuamos considerando insuficientes las razones aludidas. Necesitamos seguir estudiando a la minoría para entender al español y a la nacionalidad hispánica de la época imperial. Sólo así llegaremos a comprender las decisiones de la Monarquía Española: «Esto sólo nos indicaría va, si fuera necesario, que la querella no está únicamente entablada en el plano de la religión, sino que también es cultural. Como si la lucha, una vez superados los primeros obstáculos, alcanzara ya las segundas líneas y diera al vencedor una falsa seguridad de sí mismo.” Quizás nos seguimos considerando culpables de la resolución tomada por Felipe III en 1609.
La primera mitad del siglo xx se olvida de la existencia de los moriscos. Este hecho se puede explicar por varias razones. Es lógico pensar que los historiadores de este periodo creyeran que, después del trabajo de P. Boronat, poco más se podía decir sobre los moriscos. Por otro lado, los historiadores del régimen que emana de la guerra civil ensalzan la época imperial, áurea y cesárea, y el morisco les resulta una realidad incómoda de aceptar. Si algún estudio aparece, tiene como fin ensalzar el invicto carácter de los españoles (cristianos viejos). Tendremos que esperar a 1948, año en que aparece la obra de Américo Castro España en su historia, que es el antecedente inmediato de La realidad histórica de España que se publica en 1954, para que el morisco vuelva a interesar a los pensadores españoles. Dos años después ve la luz la obra de Claudio Sánchez Albornoz, La Realidad histórica de España I°. La polémica entre los dos historiadores se entabla por el «ser español» y el «problema de España». Dos visiones antagónicas, de nuestro pasado v de las consecuencias que de él derivan, se enfrentan incruentamente.
Las fuentes documentales y los autores consultados por los dos estudiosos son las mismas (Lapeyre, Chaunu, Braudel, Fonseca, Guadalajara, Hurtado de Mendoza, Mármol…), pero sus conclusiones son tangencialmente distintas.
Para Américo Castro
«Sobrevivió aquella desventurada raza al espíritu que había hecho posible la convivencia de cristianos, moros y judíos: desaparecido el modelo prestigioso de la tolerancia islámica, cristianos, moros no convergían en ningún vértice ideal, pues, según dije antes, hubo intentos de hacer converger las tres castas de creyentes en un mismo Dios misericordioso, lo mismo que en un mismo vértice político».
Los textos plúmbeos del Sacromonte granadino eran para Menéndez y Pelayo burdas falsificaciones. Américo Castro, por el contrario, los ve como
«… el intento de aquel ingenuo fraude teológico era proponer un Dios aceptable para las tres creencias monoteístas… La cuestión, en último término, presenta, por lo menos, tres aspectos: uno, un fondo último de voluntad de coexistencia (consciente-subconsciente) de ciertos musulmanes y de algunos cristianos españoles… Otro aspecto: la confiada receptibilidad para cuanto se suponía venido del más allá sobrenatural, fundado sobre más segura y eficaz realidad que lo sabido acerca del mundo tejas abajo. Y, en fin, hay que tener presente un último motivo, de tipo social: la situación en la que se hallaba la Colegiata del Sacromonte de Granada después de declarar la Santa Sede que las famosas láminas de plomo, escritas en árabe, eran una ridícula farsa. No habían sido condenadas, en cambio, las láminas escritas en un latín bárbaro en las cuales se decía que, en aquel lugar, había padecido martirio varios discípulos del apóstol Santiago, entre ellos San Cecilio…».
Para Américo Castro «la expulsión de los moriscos fue provocada por algo más que intolerancia, competencia económica y torpeza gubernamental: hay más bien que tener presente la estructura de la vida española y su manera de funcionar, singularísima y sin análogo en cuanto a los valores creados o destruidos por ella». E1 único crimen imputado por Castro a los moriscos era que querían recuperar el poder perdido en 1492. La «casta» cristiana más preocupada en la gloria y en el imperio, que en una realidad económica y social paralizada. El poder económico peninsular desciende porque
«… si el morisco hubiese trabajado para el cristiano como el indio de México y del Perú, otra hubiera sido la vida española. Pero la tradición, la conciencia del prestigio islámico, permitieron al morisco, no obstante su decadencia, labrarse una vida propia y en cierto modo independiente en cuanto a la economía y a la práctica más o menos clara de su religión».
Los intentos de asimilación, que fracasan por la mala calidad del clero, pretendían que el morisco dejara de ser moro, y que a la vez «funcionara dentro de la vida española como cuando era mudéjar».
Para Américo Castro el gran responsable de la expulsión fue el Duque de Lerma. Los moros fueron expelidos de España, aunque eran tan pañoles como los que se quedaron. El Estado prescindió de la clase más trabajadora y ahorrativa por el simple «honor nacional», fundado en la unidad religiosa y el señorío del poder regio. Castro ve al morisco como un productor de riqueza y al cristiano viejo como el señor
«… consciente de su superioridad personal. El problema morisco en el siglo XVI se convirtió en la lucha de voluntades para la preeminencia de uno de los dos litigantes. El único resultado fue la anulación de uno de los grupos. Esta solución fue la ruina de Aragón».
Piensa que la España cristiana tuvo su época de esplendor mientras incorporaba e injertaba en su vida aquello que le forzaba a hacer su enlace con la muslamía y con la judería.
Para Américo Castro los moriscos constituyeron una porción de España, una prolongación de su pueblo. Esto cambia cuando se empieza a sentir que: «Pactos y arreglos con infieles eran cosa de la Edad Media; los moriscos, en último término, resultaban un anacronismo, aunque, por otra parte, el esquema de la vida nacional tuviese que seguir siendo el mismo de la Edad Media: el moro trabajaba y producía, y el cristiano señoreaba en un éxtasis de magnificencia personal. Unas figuras hidalgas y místicas de El Greco no podían ya entenderse con una chusma de labriegos y artesanos que, a su hora, alardeaban de grandeza v conspiraban contra la seguridad del Estado».
Pasemos a reflejar el pensamiento de Claudio Sánchez Albornoz sobre los moriscos. En el análisis de estos dos autores nos abstendremos completamente de emitir juicios de valor. Sus obras son muy tempranas en el tiempo, pero tienen el gran mérito de airear el problema morisco.
El enfrentamiento entre Castro y Albornoz sobre la realidad histórica de España ha quedado, en gran medida, escondido por el tiempo. Pero no por eso debemos olvidar que el estudio de la minoría morisca, en los últimos años, atrajera a muchos historiadores por el eco de esta polémica.
El 9 de abril de 1609, Felipe III de España decretó la expulsión de los moriscos, descendientes de la población de religión musulmana convertida al cristianismo por la pragmática de los Reyes Católicos del 14 de febrero de 1502.
La decisión de expulsar a los moriscos vino determinada por varias causas: La mayoría de la población morisca, tras más de un siglo de su conversión forzada al cristianismo, continuaba siendo un grupo social aparte, a pesar de que la mayoría de las comunidades habían perdido el uso de la lengua árabe en favor del castellano, y de que su conocimiento del dogma y los ritos del Islam, religión que practicaban en secreto, era en general muy pobre.
Tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1571), protagonizada por moriscos granadinos, los menos aculturados, fue tomando cada vez mayor peso la opinión de que esta minoría religiosa constituía un verdadero problema de seguridad nacional. Esta opinión se veía reforzada por las numerosas incursiones de piratas berberiscos, que en ocasiones eran facilitadas o festejadas por la población morisca y que asolaban continuamente toda la costa levantina. Los moriscos empezaron a ser considerados una quinta columna, y unos potenciales aliados de turcos y franceses.
El comienzo de una etapa de recesión en 1604 derivada de una disminución en la llegada de recursos de América. La reducción de los estándares de vida llevó a la población cristiana a mirar con resentimiento a la morisca.
Una radicalización en el pensamiento de muchos gobernantes tras el fracaso por acabar con el protestantismo en los
Nuevas normas de ética y moral políticas
9 Mayo 2009 – 14:53AÑO NUEVO, NORMAS NUEVAS
José Luis Orella Unzué
Catedrático senior de Universidad
Quiero comenzar este artículo afirmando el engañoso papel normativo de los textos históricos. Los políticos en vida civil están obsesionados por las leyes, por los reglamentos, por los textos (llámense Constitución o Estatutos) mientras que la realidad es tozudamente alérgica a los mismos. Otro tanto podríamos decir de los textos promulgados por entidades, sociedades y aun iglesias. Los textos sólo están vigentes por la violencia.
La sociedad es anterior a los textos, acompaña tímidamente su edición y luego, con la propia vida social, los transforma, modifica o invalida. La vida cotidiana de la misma sociedad contra la reticencia de sus dirigentes que no son verdaderos líderes, es la que cambia, transforma y aun anula la vacía y pomposa promulgación que han hecho los políticos de esos textos.
Un ejemplo nos servirá para demostrar cómo la sociedad pasa por alto las normativas y los textos en la propia vida cotidiana. En efecto, hay una normativa sobre las “Rebajas” a las que se les ha señalado un tiempo concreto de vigencia. Pero los empresarios durante todo el otoño no han vendido un pincel, creen que es ahora en tiempos festivos cuando se puede vender algo como regalo de la Navidad o de Reyes y han implantado unas rebajas camufladas, rebajando el 20, 30 y hasta el 50 % de los antiguos precios. Y para más evidencia, colocan el antiguo precio junto al nuevo ofrecido ahora, aunque no sea por el procedimiento de las Rebajas. Es un ejemplo que desborda las anquilosadas normativas.
Tanto en la vida civil como en la religiosa los dirigentes no son ni verdaderos líderes, ni sus representantes porque creen controlar mejor a sus subordinados imponiendo unos textos que luego ellos mismos se encargarán de reinterpretar en su propio beneficio. Sin embargo, las oligarquías dirigentes civiles y religiosas se han aupado al poder y no decaen de su función aunque la sociedades los detesten.
Las sociedades tanto civiles como religiosas son entes vivos que tienen su propia dinámica, se alimentan, se desarrollan, generan sus propios hijos y aceptan los préstamos del entorno. Las sociedades tienen sus propios dirigentes que ellas mismas temporalmente los renuevan, acomodándose a las estaciones del tiempo y a los acontecimientos extraordinarios que se suscitan. La vida individual y la de las sociedades no necesita de andaderas ni de canales de contención. Pero luego vienen las castas políticas y religiosas que se imponen. Y cuanto más perpetuadas en el poder más convencidas se muestran de su papel.
A las oligarquías dirigentes no les basta con mandar en el momento, por lo que suscitan y fuerzan la redacción de textos escritos. Textos escritos que llegan en momentos difíciles y cruciales de la vida de una sociedad. Pero estas castas siguen intentando conservar su protagonismo una vez superado el momento crucial y conflictivo.
El objetivo de los textos es el ordenar la vida social. Redactan estos textos los burócratas de la sociedad, los políticos de oficio, los que viven con la excusa de la necesaria dirección, succionando la vida de la misma sociedad. Y textos nacidos en un momento histórico son desde entonces impuestos como raíles por donde debe caminar y como canales que limitan la exuberancia vital de la sociedad.
De modo que para entender el ser de cada una de estas sociedades ya no basta el efluvio vital de las mismas, sino que el referente debe ser aquel texto escrito hace siglos, lustros o años. Y estamos hablando de textos escritos en circunstancias puntuales superadas, en moldes lingüísticos antiguos que deben ser interpretados, que utilizaron soportes filosóficos y sociológicos que ahora nadie se atrevería a sostener racionalmente.
Y lo dicho vale para todo texto normativo clásico como Bardo Thodol, Bhagavad-Gita, Biblia, Chung Yung, Corán, Dasam Granth, Dharmapada, Documento de Damasco, Evangelios, Granth Sahib, Janam Sakhis, Kanjur, Mahabharata, Mahavansa, Mahavastu, Nag Hammadi o la Constitución española de 1978.
Este contraste permanente entre el flujo vital de una sociedad y el texto interpretativo antiguo, nacido en un momento histórico concreto, pervierte y anquilosa todo desarrollo. De este enfrentamiento la única beneficiada es siempre la clase dirigente que se aferra al poder con uñas y dientes, creando una burocracia, obligando a la interpretación que ella misma da de ese texto y teniendo a su servicio unos jueces que castigan con penas pecuniarias, de cárcel o de amenaza eterna el incumplimiento de esta interpretación clasista. Ante estas trabas burocráticas fosilizantes, la única perjudicada es la sociedad ya sea civil o religiosa.
Como los textos de las sociedades que eran flor puntual e histórica, con el tiempo se han deificado y fosilizado, más aún, se han hecho eternos e irreformables, se exige urgentemente para la puesta al día de estos mismos textos, una ruptura del mito primigenio. Los redactores de esos textos, aunque estuvieron iluminados por una luz superior, no se vieron libres de utilizar las categorías filosóficas del momento. Ni los dirigentes religiosos hindúes o chinos, ni Moisés, ni Pablo de Tarso, ni los Evangelistas, ni los constituyentes españoles fueron demiurgos que utilizaron un lenguaje que superara las categorías filosóficas del momento. Filosofías, por otra parte, hoy sustancialmente olvidadas.
Por lo tanto es necesario un trabajo hermenéutico de los textos que siempre queda manco, porque le falta el aliento vital de la sociedad que acompañaba al propio texto. Además, esta reforma interpretativa está básicamente trucada por ser llevada a cabo por una oligarquía política y burocrática. Superados los textos no nos queda otra solución que acudir y preguntar a esa misma sociedad, que en su momento dio origen a aquellos textos y que hoy en día, en continuidad vital con su pasado, pretende reformarlos por medio del uso y de la costumbre.
Por lo tanto, por higiene mental, superando ese colapso burocrático e interesado la misma sociedad, condicionada en sus acciones vitales por las nuevas circunstancias, debe reinterpretar los textos antiguos. Debe estudiar las nuevas tendencias, aceptar las nuevas categorías, canalizar las nuevas normas de conducta y crear nuevos textos. La crisis ha desguazado textos y líderes. Y tras la crisis global son necesarios nuevos líderes, nuevos partidos políticos y nuevas normas sociales.
Relaciones de los vascos con Normandía en la Baja Edad Media
9 Mayo 2009 – 14:50Geografías mercantiles vascas en la Edad
Moderna (VII)
Las relaciones mercantiles y marítimas de los vascos con el condado de Normandía (3) durante los siglos XIII-XV.
José Luis Orella Unzué
Universidad de Deusto y
Universidad del País Vasco
Abstract:
We begin some studies related to the Basque commercial geography from the end of the Middle Ages to the Modern Period. That is, we try to study in depth the geopolitical and mercantile relationships of the Basques (not only of the merchants of Guipúzcoa, Alava and Vizcaya) with the maritime kingdoms and sovereignties. In this first article I present a chart with the commercial institutions that controlled the overseas transport and trade. Then in the second article I will study the legal and social change that the Basques needed to make, while they adapted to the new geopolitical circumstances, in order to change a country from a forming economy to a transport and commercial power. In this first article there is also a wide bibliography that is accurately elaborated in each of the following articles. In the following articles I describe the political and economic relationships that as a basis of commercial exchange the Basque had with some maritime states and sovereignties: England, Brittany, France, Portugal etc.
Laburpena
Euskal merkatal geografiarekin erlazionaturik dauden ikasketa batzuekin hastan gara, hain zuen Erdi Aroaren bukaeratik Aro Berrira doazenak. Hau da, euskaldunek (eta ez bakarik Gipuzkoa, Araba eta Bizkaiako merkatariek) itsas-erreinu eta subiranotasunekin zituzten erlazio geopolitiko eta merkataletan sakontzen saiatu gara. Lehenengo artikulu honetan itsasoz handiko garraio eta merkataritza zuzentzen zuen markatal erakundeen taula bat aurkezten dut. Ondoren, bigarren artikuluan, euskaldunek egoera geopolitiko berrietara egokitzean, herri bat lurganadutza ekonomiatik garrio eta merkatal potentziara aldatzeko egin behar izan zuten aldaketa juridiko eta soziala aztertzen dut. Lehenengo artikulu honetan ere, bibliografia zabal bat agertzen da, artikulu bakoitzean gero banaka zabaltzen dena. Ondoren, hurrengo artikuluetan euskaldunek merkatal trukeak oinarri direla, Inglaterra, Bretania, Frantzia eta Portugaleko estatu eta subiranotasunekin izan zituzten erlazio politiko eta ekonomikoak azalduko ditut.
Resumen:
Palabras clave: País Vasco, España, Mercaderes vascos. Transportistas vascos. Instituciones mercantiles. Bretaña.
Puertos de Normandía:
El puerto de Rouen
Rouen se encuentra en el camino entre el mar y París. La región del Sena marítimo es la cuna del ducado de Normandía. El territorio del Sena marítimo está centralizado en los meandros del río Sena entre Rouen y Le Havre que fueron los dos más importantes puertos del condado.
La historia de Rouen está ligada al príncipe Rollón. Rollon nacido antes del año 890 y que actúa entre el 925 y el año 933 fue un jefe vikingo que está unido al origen del ducado de Normandía.
En el año 911 en pago de sus hazañas fue recompensado por el rey Carlos el simple con un territorio cercano a Rouen. Cien años más tarde esta concesión se convertirá en el ducado de Normandía.
Es difícil señalar el itinerario ni la cronología de la vida de Rollón porque sus hazañas están sumergidas en la leyenda según Lucien Musset. Fuentes danesas afirman que nació en Dinamarca en el año 845. Ls sagas islandesas del siglo XIII lo derivan de Noruega. Estas mismas sagas explican que Rollon era hijo de un conde llamado Rognevald de la región de Möre en el oeste de Noruega donde se conservarían las ruinas originarias. Como muchos escandinavos se lanzó a la mar para realizar una serie de hazañas o conquistas.
Se puso al frente de un conjunto de vikingos daneses y noruegos y se dedicaron a atacar las costas del Mar del Norte y de la Mancha.
El historiador del siglo XI Dudon de San Quintín añade que tras sus hazañas en Noruega, Rollón encontró refugio en al ponerse bajo la obediencia del rey anglosajón el cual le confió atacar la Frisia y la desembocadura del Rin. Así llegó a estas tierras hacia el 876. Lucien Musset pone la fecha de su llegada hacia el 890 o el 905. Rollón navegando por el Sena descubrió una región que fue tomada por los vikingos a partir del 841. Rollón participó en el asedio de París que tuvo lugar entre el 885 y el 886, ataca la ciudad de Bayeux y se posesiona de la Borgoña. Rollón estableció alianzas con las autoridades de la región de modo que al comienzo del año 910 era un jefe de banda vikinga.
En el 910-911 firmó el tratado de Saint-Clair-sur-Epice trash aber tomado Chartres. En este tratado tomaron parte Roberto duque de los francos, Ricardo el Justiciero duque de Borgoña y Manassès conde de Dijon. En este momento el rey carolingio Carlos el Simple negoció con el jefe vikingo y se llegó al tratado señalado. Por las cláusulas de este tratado el rey cedió a Rollon una parte de la Neustria, el condado de Rouen, base del futuro condado de Normandia. Rollón se comprometía a bloquear las incursiones vikingas que podía amenazar al reino de los francos. Se hizo Bautizar en la catedral de Rouen en el 912 con el nombre de duque Roberto y siendo considerado como el primer duque de Normandía y el fundador del ducado. A partir de este momento restauró la paz y con ayuda del arzobispo de Rouen instauró la vida eclesiástica y monacal por lo que llegaron los monjes de Saint-Ouen con sus reliquias.
La instalación de Rollón no inauguró la colonización escandinava en la actul Normandía sinoque la reforzó porque los daneses se habían instalado ya en la desembocadura del Sena y en la costas de Cotentin.
Rollon repartió las tierras entre sus caballeros según se puede constatar por la toponimia.
Después de este tratado Rollón prosiguió sus expediciones de expansión territorial. En el 923 Rollon traicionó su juramento del 911 y los vikingos de Rouen organizaron una expedición de pillaje hasta Beauvais y capturaron un millar de esclavos lo cual motivó la reacción del conde Herberto II de Vermandois y del rey Raul, mandados por Hugo le grande hijo de Roberto I y predecesor de Raul. Consta por la historia que estos dos personajes citados murieron en una expedición de castigo en Normandía.
Rollón organizó una expedición y sus embajadores obligaron al rey a pagar un tributo que consistió en la donación de las tierras de Bessin y del Hiémois y luego en el 924 se adhirieron Cinomannis (Le Mans) y Baiocae (Bayeux). Sucesivamente las villas de Beauvais, Amiens, Arras y Noyon cayeron en manos de Rollón.
En reacción Arnaldo I de Frandes tomó Bresles y atacó la fortaleza normanda de Eu. Por intervención del rey Hugo el grande los normandos aceptaron un acuerdo y devolvieron las tierras que acababan de tomar.
No sabemos con certeza el fin último de Rollon que debió morir en el 925. Y a partir del 927 vemos gobernar a su hijo Guillermo larga espada sin que recibiera juramento de los normandos. La historiografía actual coloca la muerte de Rollon entre los años 932 y 933 y fue inhumado en la catedral de Rouen y luego trasladado a la abadía de Fécamp.
Por lo tanto fue Rollon que ya se había establecido en Rouen cuando firmó el tratado de Saint-Clair-sur-Epte el principal impulsor de esta ciudad.
Sin embargo, aunque Guillermo el Conquistador convirtió Caen en su capital, fue en Rouen donde tomó algunas de las más importantes decisiones.
Guillermo I de Inglaterra más conocido como Guillermo el Conquistador, fue duque de Posted in Sin categoría | No Comments »
Centenario del dos de mayo de 1808 en el País Vasco
9 Mayo 2009 – 14:46REVOLUCIÓN FRANCESA. (SEGUNDO CENTENARIO DE LA FRANCESADA)
PAPEL DE LOS VASCOS EN EL ESTATUTO DE BAYONA DE 1808. DOS DE MAYO DE 1808. PAPEL DE LOS VASCOS EN LAS CORTES DE CADIZ DE 1812. LA BATALLA DE VITORIA Y LA GUERRA DE SAN SEBASTIAN DE 1813. RESTAURACIÓN DE FERNANDO VII EN 1814.
Sumario:
1. La Revolución Francesa.
1.1. Antecedentes históricos.
1.2. Antecedentes ideológicos, sociales y económicos
1.3. Antecedentes políticos.
2. Reinado de Luis XVI.
2.1. Revolución de los privilegiados.
2.2. Asamblea Constituyente de 1789.
2.3. Asamblea legislativa.
3. Las Etapas Revolucionarias.
3.1. La Convención Nacional.
3.2. Los Vascos ante la guerra de la Convención.
3.2.1. Antecedentes. El ajusticiamiento de Luis XVI.
3.2.2. Desarrollo de la guerra. Independencia de Guipúzcoa.
3.2.3. La Paz de Basilea.
3.3. El Directorio.
3.4. Valoración de la Revolución Francesa.
4. Napoleón I (1769-1821).
4.1. Período Consular (1799-1804).
4.2. Napoleón Emperador
4.3. Coaliciones contra Napoleón (1805-1807).
5. La Guerra de la Independencia (1808-1814).
5.1. Entrada de las tropas francesas en España.
5.2. El dos de mayo de 1808.
5.3. El Estatuto o Constitución de Bayona.
5.4. España tras el Estatuto de Bayona: José I Bonaparte.
5.5. Intervención de Napoleón en el País Vasco.
5.6 La España castiza. Las Cortes de Cádiz.
5.7. Los Vascos en la expulsión de José I.
5.8. Los Vascos y la instauración de Fernando VI.
Epílogo: Las Abdicaciones de Napoleón.
1.- La Revolución Francesa
La monarquía autoritaria de Luis XIV había mantenido en su seno un doble estado de cosas, por un lado, el absolutismo del poder y por otro, había permitido que el pensamiento edificara teorías que socavaban los fundamentos mismos de la autoridad. La Revolución Francesa es, pues, el final de un proceso francés, al tiempo que es la culminación del proceso ideológico del mundo moderno.
1.1. Antecedentes históricos.
Como toda revolución tiene unos antecedentes ideológicos, sociales e históricos que motivan el cambio de coyuntura el cual se extiende desde la revolución americana hasta el final del Imperio Napoleónico. Se trata de la época de las revoluciones. La revolución francesa no es un episodio puntual y particular, aislado sino un eslabón de una gran revolución que agitó todo Occidente durante el período que corre desde 1770 a 1850. El conjunto de estas revoluciones conforma la revolución liberal o burguesa, con causas profundas y generales que se extienden a todos los países de Occidente. Georges Lefbvre hablaba de una revolución mundial u occidental que tiene como epicentros los Estados Unidos, Holanda y Francia. Por su parte J. Godeschot la denominó revolución atlántica ya que se desarrolló a ambas orillas del Atlántico. Finalmente Robert Palmer la llamó revolución occidental porque implicó una redistribución de la riqueza y del poder en todo el occidente.
La Revolución Norteamericana fue la gran experiencia de los futuros revolucionarios franceses, y su triunfo, un poderoso acicate. Es decir desde 1779 a 1783 tuvo lugar la revolución americana con la guerra de Independencia de las colonias inglesas y la formación de los Estados Unidos de América. En Holanda también había brotes revolucionarios y, después de la guerra contra Inglaterra, aparecieron sociedades de patriotas, que conseguían (1783) desposeer a Guillerrno V de Orange del mando militar. Aunque éste logra con un ejército de 20.000 prusianos dominar la revolución, es innegable que ésta es la primera en Europa que se inspira en los principios de la defensa de las llamadas libertades. Igualmente sabemos que en los Países Bajos imperiales se produce una revolución contra José II y se proclaman los Estados Unidos de Bélgica, que obtienen su reconocimiento de Leopoldo II. Caso muy parecido es el de la revolución suiza de 1782. Dentro del período revolucionario a la revolución francesa acompañaron la guerra de la Convención cuando desde 1793 a 1795 las tropas francesas entraron en España con especial incidencia de la guerra de la Convención en las Provincias Vascongadas y en Navarra y la declaración de la Independencia de Guipúzcoa. En 1795 la entrada de las tropas francesas en Holanda propició la creación de la República bávara. Desde 1798 a 1799 se originó la Revolución en Suiza y la creación de la República Helvética. Desde 1802 a 1814 Se dio la guerra de la Independencia como reacción española a la invasión francesa. Y por fin desde 1810 a 1825 como consecuencia de la guerra de la Independencia española se motivó la independencia revolucionaria de las colonias españolas americanas y la creación de los Estados Americanos.
1.2. Antecedentes ideológicos, sociales y económicos:
El enciclopedismo y la Ilustración habían preparado un ejército de pensadores que era dirigido por Voltaire director de la revolución ideológica. Desde 1770 comienzan a aparecer multitud de escritos anti-absolutistas. y antimonárquicos. Junto a estas obras, que en cierto modo arrancan del “Espíritu de la Leyes” del barón de Montesquieu, se multiplican los panfletos y escritos clandestinos. El deseo de reforma y de hallazgo de una solución se manifestará en medidas de gobierno, pero también en obras teóricas como el libro La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, opuesto al mercantilismo y a la fisiocracia y defensor del principio de que la riqueza procede del trabajo individual.
Desde que Monstesquieu publicó su obra en 1748 se instalaron los tres principios de la ideología liberal: Legalidad, racionalidad y nacionalidad. El tránsito del Antiguo Régimen a una sociedad liberal-burguesa supuso la liquidación del feudalismo y del régimen señorial y la implantación de una sociedad inspirada en los principios del liberalismo que son la igualdad jurídica, la eliminación de estamentos y privilegios feudales y fiscales, el sistema político constitucional, la centralización monárquica y uniformista con la absorción de las jurisdicciones particulares de señoríos, grupos sociales personales y regiones territoriales, la desaparición radical de los regimenes forales tradicionales, la instalación de ámbitos mercantiles de ámbito nacional suprimiendo las barreras aduaneras, la liberalización del régimen de propiedad y de mercado en precios y arrendamientos, la desamortización de los bienes eclesiásticos, comunales y señoriales y la desaparición de los mayorazgos.
El Estado liberal de derecho tenía como proyecto ideológico:
1) La nomocracia es decir la ley es la máxima autoridad frente al monarca absoluto y sobre los ciudadanos, la ley conforma al Estado como aparato de poder, a los órganos colegiales (Tribunales, Consejos y Cámaras) o individuales (funcionarios).
2) El imperio de la comunidad como sujeto activo de las leyes. Se da la soberanía nacional con poder constituyente que formula la Constitución.
3) Los derechos del ciudadano como fines del Estado. Estos derechos son el de propiedad, el de la seguridad y libertad y el de igualdad ante el derecho pero no igualdad jurídico-política ni el plano económico-social. Estos derechos individuales fueron proclamados en la revolución americana, en la declaración francesa de 1789 y en la Constitución francesa de 1791.
4) División de poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.
A finales del siglo XVIII los indicadores de la producción agrícola habían llegado a su techo. Ya no se podía ampliar estos rendimientos acudiendo a la extensión de los cultivos o a la explotación de nuevas tierras.
Se contrajo el mercado con la pérdida de los mercados europeos, la caída de la demanda colonial tras la rebelión e independencia primero de las colonias americanas del Norte y luego de la hispanas que llegaron a su independencia. En España se llegó a un incremento de la presión fiscal que se hizo insostenible. Las haciendas locales entraron en quiebra y en recesión económica motivada también por los conflictos bélicos. Las haciendas locales recurren al endeudamiento para hacer frente a las contribuciones y empréstitos. Se aceleró una inflación monetaria acentuada por la puesta en circulación de los vales del Estado en tiempo de Carlos IV.
1.3. Antecedentes políticos
La organización política del Antiguo Régimen se basaba en la monarquía absoluta por derecho divino. La monarquía se sustentaba en la coexistencia de tres estados: el noble, el eclesiástico y el llano, aunque esto sólo era en un plano jurídico, ya que las Cortes o Estados generales no se reunían el poder se concentraba en manos del primer ministro, quien con otros y un encargado de las finanzas dirigía la vida del país.
Este gobierno, en manos de la omnipotencia real y de sus ministros, llevaba a los pueblos sin que éstos tomaran parte en la decisión, a guerras y medidas económicas insoportables. El lujo en la corte absorbía cantidades enormes de dinero, que concentraba a miles de cortesanos y miembros de las reales familias, con sus parásitos. Este lujo era también el signo externo no sólo de la alta nobleza, sino también de la burguesía, que era en el Antiguo Régimen la clase más rica de la nación. Paradójicamente, esta clase estaba penetrada del liberalismo, racionalismo, escepticismo e ironía que el pensamiento francés contemporáneo había vertido sobre ella. Se veía, por otra parte, sin acceso legal al gobierno de una nación cuyo régimen era ya caduco e incapaz para regirla, gastado e injusto. En verdad no fue la miseria popular la que produjo la Revolución, sino la potencia y la apetencia de gobierno de la burguesía.
2) Reinado de Luis XVI
El 10 de mayo de 1774, al morir Luis XV, quedaba proclamado rey un joven de veinte años sin ninguna experiencia política. Casado con la princesa austríaca María Antonieta se da pronto cuenta de que el problema verdaderamente grave de Francia es el económico, y por ello encomienda el Ministerio de Hacienda a Turgot, que venía precedido de gran fama de financiero. Éste inició gran número de reformas, intentando la unificación económica de Francia. Se rodeó de ministros todos ellos prototipos del despotismo ilustrado. Como los principales perjudicados eran la nobleza y el alto clero, tanto por la reforma de impuestos como por la de gastos, aquellos inspiraron a María Antonieta la idea de que se prescindiese de Turgot, a lo que accedió Luis XVI. Desde entonces la historia del reinado es la de una sucesión de ministros que intentaban resolver los asuntos económicos de la nación mediante el sistema de empréstitos para sufragar los gastos derivados del Estado y de la guerra contra Inglaterra, en su ayuda a las colonias americanas.
2.1. Revolución de los privilegiados.
Así llama, con acierto, Vicens Vives al período en el cual la burguesía va desbrozando el camino a la revolución. Se inicia ésta cuando en 1781 el ministro Calonne en 1787 convoca una Asamblea de Notables para aprobar nuevos impuestos. Los parlamentos se sublevan entonces y exigen la convocatoria de unos Estados generales, que se fijan para el 10 de mayo de 1789 y que se iniciarían el 5 del mismo mes con un discurso del rey. Funcionan entonces en todo el país clubs políticos, en los cuales se ensayan discursos demagógicos, se difunde el bulo por todos sitios y Mirabeau inicia la redacción de sus Cuadernos, en que ya pide el reconocimiento de la soberanía nacional y limitaciones al poder real.
2.2. Asamblea constituyente, 1789.
En abril de 1789 se realizaron pacíficamente las elecciones, reuniéndose 1214 diputados, 621 de los cuales pertenecían al estado llano o tercer estado. En el brazo eclesiástico resultaron elegidos muchos curas populares. Los acontecimientos se precipitaron con una rapidez vertiginosa, y asombra ver en cuán breve tiempo, sin un cabecilla visible, la revolución comienza a aparecer y a tomar decisiones trascendentales para la historia de Francia y para la ideología política del mundo.
Reunidos los Estados generales en Versalles el 5 de mayo de 1789, el tercer estado se negó a reunirse por separado de los otros. En 17 de junio se constituye en Asamblea Nacional con carácter legislativo. El rey decidió cerrar el salón, pero los diputados, tres días más tarde, se reunieron en el Frontón o Juego de Pelota y se juramentan para no disolverse sin haber redactado una Constitución. El rey transigió. Los privilegiados se unieron a la Asamblea Nacional, que entonces (9 de julio) tomó el nombre de Asamblea Constituyente.
Comienzan seguidamente las algaradas populares, que culminaron con el saqueo del Ayuntamiento (Hotel de Ville) y el 14 de julio (hoy fiesta nacional francesa), con el asalto de la prisión del Estado llamada La Bastilla. El rey tuvo que humillarse y recibió incluso la escarapela tricolor. La Fayette se hizo cargo de la jefatura de la Guardia Nacional compuesta, en su mayoría, por burgueses, que había surgido el día anterior a la toma de La Bastilla. Simultáneamente, por el resto de Francia cundía el gran temor despertado en los señores y propietarios ante la actitud levantisca y revolucionaria de los campesinos, que destruían castillos, iglesias y conventos.
La Asamblea continuó durante el mes de agosto su obra y el día 4 se votaba la supresión de todos los derechos señoriales y la igualdad de los ciudadanos ante la Ley. El 26 se llegaba a la Declaración de los Derechos del Hombre, que eran la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Esta declaración estaba inspirada en los bills of rights, o declaraciones de derechos de los norteamericanos. La coincidencia de ser jefe de la guardia nacional un antiguo combatiente en Norteamérica, el marqués de La Fayette, hace que se piense juiciosamente en la relación de las dos revoluciones.
Tales decretos y declaraciones no podían ponerse en marcha sin la aprobación del rey, y éste no sólo parecía remiso, sino que, además, concentraba tropas en Versalles, lo que produce excitaciones populares. El 5 de octubre el pueblo parisino se puso en marcha hacia Versalles, invadió el palacio y obligó a los reyes a trasladarse a París, donde la Asamblea continuaba sus trabajos, reorganizando la vida del país mediante la constitución de 83 departamentos, la ley municipal, la ley judicial y los acuerdos de supresión de las órdenes religiosas y la venta de los bienes eclesiásticos. El rey accedió a todas estas medidas, sin prestar apenas resistencia, mientras la aristocracia lo abandonaba y emigraba de Francia.
La clase media se hacía prácticamente dueña del país, organizaba municipalidades nacionales con milicia propia y manifestaba su opinión a través de órganos de la prensa. Cundió la importancia de los clubs, como el de los jacobinos (amigos de la Constitución) y el de los franciscanos, que reciben este nombre por los lugares donde se reunían. El 14 de julio de 1790 el propio rey asistía a la conmemoración del asalto a su fortaleza prisión de La Bastilla, fecha en que todo el movimiento revolucionario se centralizó formando la Federación Nacional.
Así se llegó a la Constitución civil del clero ya que quedaba anulada toda intervención papal y el culto era puesto al servicio de la Revolución. El rey se vio obligado a firmar esta Constitución; pero el clero se negó a admitirla y el Papa, en 1791, condenó a la Asamblea.
Este estado de cosas provocó, por fin, una decisión en el rey, que, en junio de 1791, huía hacia Austria mientras la Asamblea se hacía cargo interinamente del poder ejecutivo. Fue detenido Luis XVI en Varennes y traído nuevamente a París, mientras la capital se manifestaba abiertamente republicana. El rey, que había sido depuesto transitoriamente de su función, juraba la Constitución del 14 de septiembre y se disolvía la Asamblea Constituyente.
2.3. La Asamblea legislativa
Menos de un año iba a durar la labor de la Asamblea Legislativa, pero en su tiempo iban a producirse acontecimientos de trascendental importancia. Fueron elegidos 745 diputados. Los emigrados urgían a Austria y a Prusia para que en alianza atacaran a Francia. Los girondinos, o partido que representaba la opinión de las provincias, se hicieron cargo del poder y en abril de 1792 declararon la guerra a Austria, logrando en los Países Bajos algunos éxitos.
El rey se había negado a firmar los decretos que obligaban a la aristocracia y al clero a jurar la constitución. Entre junio y agosto el rey sufrió nuevas humillaciones y el 10 de agosto el pueblo del barrio de San Antonio asaltó las Tullerías apoderándose de la persona del rey lo encerró en la prisión del Temple, mientras Dantón formaba un Consejo Provincial, depositario del poder ejecutivo. Se inician entonces las terribles matanzas de septiembre de 1792, en las que más de mil personas fueron muertas. El Municipio legal de París era sustituido por la Commune revolucionaria. La Asamblea Legislativa imponía el sufragio universal, la venta de bienes de los emigrados y el matrimonio civil. Sobre esta base había de convocarse la elección para los miembros de la Convención Nacional, encargada del poder ejecutivo.
Entretanto, austriacos y prusianos invadían Francia y se apoderaban de Verdún, pero el general republicano Dumouriez los derrotaba en septiembre, en la batalla de Valmy. Otros generales franceses invadían Saboya y se apoderaban de Spira y Maguncia. Por último, en noviembre de aquel año, Dumouriez arrebataba los Países Bajos a Austria tras la batalla de Jemmapes. El reinado de Luis XVI había terminado antes que su propia vida, y la revolución tenía ya personalidad propia, puesto que no sólo había cumplido una amplia labor legislativa, que establecía sobre nuevas bases jurídicas la vida de la nación, sino que, además, poseía un ejército propio victorioso.
3) Las etapas revolucionarias
Quedaban solos al frente del país los revolucionarios que habían suprimido la autoridad real. Los principales eran Mirabeau ya había muerto, Robespierre, el exaltado Marat y el fogoso Dantón. Se dividía la política de los partidos de la Convención en el de los girondinos, idealistas y doctrinarios, acaudillados por Brissot y Vergniaud y el de los montañeses, que agrupaba a los franciscanos y jacobinos, activos, ejecutivos y revolucionarios de acción dirigidos por Robespierre, Dantón y Marat.
3.1. La Convención Nacional.
La Convención Nacional se inauguró el 21 de septiembre de 1792, extinguida la Monarquía y constituida la República. La segunda medida fue la de procesar a Luis XVI, acusándole de conspiración con el extranjero y por huida. En enero de 1793 la comisión convencional condenaba a muerte al rey, que era guillotinado el día 21 en la plaza de la Concordia. Su muerte provocó el levantamiento de los monárquicos.
Inmediatamente las naciones europeas forman la llamada primera coalición (febrero de 1793), en la que entran, además de Austria y Prusia, Holanda, España e Inglaterra. Los españoles, al mando del general Ricardos, invaden el Rosellón y los ingleses bloquean los puertos; los austriacos atacan Flandes, y los prusianos, la región del Rin.
Tan grave peligro obligaba a la República francesa a movilizar medio millón de hombres, que, a las órdenes de Hoche, Moreau, Pichegru y Jordan, obtenían triunfos sobre la coalición y lograban apoderarse, tras la victoria de Tourcoing y Fleurus (mayo-junio 1794), de todos los Países Bajos austriacos, obligando al ejército del emperador a retirarse. La lucha política interior continuaba, sin embargo, con toda virulencia, y en 2 de junio de 1793 los jacobinos se hacían dueños de la Convención, imponiéndose la política fría de Robespierre que reemplazaba a Dantón en el Comité de Salud Pública.
Se inicia entonces la etapa llamada del Terror, que repetía los asesinatos de septiembre de 1792. Un comité de Salud Pública, en el que destacan los nombres de Fouché, Tallien, Barrás y Carrier por su espíritu sanguinario, se hacía cargo del gobierno y decretaba justicias terribles, que llevaron a la guillotina a la flor de la nobleza francesa, y en 16 de octubre de 1793, a la propia María Antonieta.
Se establecía el calendario republicano y la religión católica era sustituida por el culto de la Diosa Razón. Esta bacanal de sangre levantó oposición entre los mismos republicanos, capitaneados por Dantón.
Robespierre lo denunció entonces al tribunal revolucionario y tanto él como Hébert fueron guiuotinados. Robespierre se convierte entonces en dictador hasta el día 9 de Termidor o sea, el 27 de julio de 1794, en que por un golpe de Estado Robespierre es depuesto para ser luego guillotinado. La Convención había realizado una labor fructífera y grandes reformas, elaborado los códigos civil y penal, unificado la Deuda Pública, establecido el sistema métrico y fundado bibliotecas y museos. Este nuevo estado de cosas puso fin a la guerra, en 1795, con Prusia por el primer tratado de Basilea, con España, por el segundo del mismo nombre de Basilea, y con Holanda por el de La Haya.
3.2. Los Vascos ante la guerra de la Convención:
3.2.1. Antecedentes: El ajusticiamiento de Luis XVI.
Las primeras medidas de Floridablanca una vez estallada la Revolución francesa estuvieron encaminadas a cerrar todo contacto con Francia por las Provincias Vascongadas.
España se opuso, por los pactos de familia a la Revolución pero se extienden por la nación las ideas que los revolucionarios difundían por Europa. Las presiones de los coligados contra la Convención obligaron a España a entrar en la guerra con Francia, lo que entusiasmó a los españoles, indignados y alarmados por la muerte de Luis XVI. La guerra fue llevada por los generales españoles con fortuna en un principio, significándose especialmente el general Ricardos en el Rosellón. A partir de 1794 cambia el signo de la guerra y comienzan las derrotas españolas, mueren Ricardos y O’Reilly, que se había hecho cargo del mando, y los franceses invaden España, llegando hasta Miranda de Ebro.
El detonante de la guerra fue el ajusticiamiento del rey. Al inicio de 1792 fue depuesto y encarcelado el rey Luis XVI, mientras se proclamaba la República el 21 de enero de 1792. El 10 de agosto de 1792 el rey francés fue suspendido y fue trasladado con su familia al Temple. Durante los meses de diciembre de 1792 a enero de 1793 Godoy intentó en tres ocasiones salvar la cabeza de Luis XVI. En enero de 1793 Carlos IV interviene ante la Convención a favor del rey prisionero. El 21 de enero de 1793 se consumaba la ejecución del rey. La Gazeta de Madrid lo calificó de crimen contra la humanidad. La corte de Madrid decretó luto de tres meses.
3.2.2. Desarrollo de la guerra. Independencia de Guipúzcoa.
España declaró la guerra a Francia por razones dinásticas y éticas rompiendo con los Pactos de familia y al mismo tiempo firmaba una alianza ofensivo-defensiva con Inglaterra. El pueblo español respondió con entusiasmo. El clero la presenta como una cruzada. La Convención declaró la guerra a España el 7 de marzo, mientras que España lo hizo el 23 de marzo y se preparaba para la guerra con tres ejércitos:
a) el de los Pirineos occidentales en la frontera de Guipúzcoa y Navarra con el general Caro Ventura con 18.000 soldados.
b) el de los Pirineos centrales de Aragón con el Príncipe de Castelfranco con 5.000 soldados.
c) el de los Pirineos orientales de Cataluña con el general Ricardos y 32.000 soldados.
La agresión española de 1793 fue fulgurante y rápida en Cataluña tímida y simbólica en el País vasco francés con la toma de Chateau-Pignon y con una acción naval anglo-española en Touloun.
En el País Vasco siguiendo el espíritu foral la guerra fue proporcionalmente muy superior al resto de las regiones españolas y por lo tanto soportaron con mayor incidencia las secuelas humanas y económicas. En el País Vasco se levantaron en armas unos 20.000 soldados de los que 8.000 eran del ejército regular.
Con motivo de la Matxinada de 1718, las tropas francesas invadieron Guipúzcoa en 1719 provocando la reacción de apoyo a Felipe V. Algunos vascos como Orendayn y Orbe y Larreategui colaboraron con la corte borbónica. Felipe V confirmo los fueros vascos en 1727.
En las Juntas de Azcoitia de febrero de 1793 se constituyó una Diputación a guerra que subvencionó un ejército foral de 4.600 hombres bajo el Marqués de Narros. Las Juntas de Rentería de 1793 crearon un batallón especializado de 750 hombres bajo los comandantes Juan Carlos de Areizaga y Gabriel de Mendizabal; La convocatoria de padre por hijo y a la voz de apellido fue a partir de julio de 1794.
La incorporación de los ejércitos forales a los regulares españoles fue de una deficiente convivencia y de continuas fricciones. Los vascos exigían únicamente la defensa del territorio provincial. Por lo tanto se negaron a seguir al general Caro en territorio francés y en territorio navarro. El ejército regular rindió sin lucha de las plazas de Hondarribia y San Sebastián. El 23 de abril de 1793 las tropas españolas desde Hondarribia atacaron Hendaya y las fortalezas de Portu y Gaztelu próximas a Behobia. Esta frontera estaba defendida por cuatro batallones de la Gironda dirigidos por el general Duverger. Los españoles arruinaron el fuerte y la iglesia de Hendaya apoderándose de los cañones y municiones mientras que las baterías de San Marcial y de Hondarribia destruían el priorato de Zubernoa y tomaban Behobia. La reacción francesa colocó de nuevo la frontera en el Bidasoa.
Desde mayo a julio de 1793 las tropas españolas se dirigieron desde Vera hacia Sara. El 31 de mayo un destacamento español ocupaba Behobia y la quemaron para luego pasar a la fortaleza de Chateau-Pignon donde hicieron prisionero al general Lagenetière pero no lograron conquistar San Juan de Pie de Puerto. El general español Caro se retiró al Baztán. La línea francesa se situó en San Juan de Luz, Ascain y Saint Pée que servía para la defensa de Bayona.
El año 1794 los franceses recuperaron Rosellón, penetraron en Cataluña y tomaron Figueras. Igualmente penetraron en el País Vasco y en Navarra hasta estabilizarse el frente en el Deva y en Lecumberri. El ejército logró reunir 60.000 franceses organizados en 40 batallones. Lograron entrar en las fronteras españolas desde el Baztán por Errazu y se instaron en Tolosa.
En junio el ejército francés ocupó el valle de los Alduides, mientras que el general español Caro con 8.000 hombres fracasaba al intentar defender el Bidasoa, por lo que se retiró a Irún, donde tuvo que dimitir mientras los franceses ocupaban el Baztán con Vera y Maya. El mando de las tropas españolas fue dado al conde de Colomera, virrey de Navarra. Estaban amenazadas las plazas de Hondarribia, San Sebastián y el puerto de Pasajes.
Del 23 al 25 de julio se conquistó el Baztán. El 26 se atacó desde Biriatou a Vera que fue tomada. El 28 de julio tras la caída de Robespierre el consejo de guerra francés reunido en Lesaca decidió avanzar por Peñas de Aya con las columnas mandadas por los tres generales. La toma de Peñas de Aya obligó a los españoles a retirarse hacia Hernani dejando abandonada y bombardeada la ciudad de Hondarribia que tuvo que rendirse el primero de agosto. Quedaban en manos francesas 2.000 prisioneros, 200 morteros, 12.000 fusiles, 1.600 tiendas de campaña, almacenes de subsistencias y municiones, 40 chalupas, tres navíos, una barca cañonera armada etc. A partir de este momento Hondarribia dejó de ser considerada plaza militar. El 1 de agosto los ejércitos franceses forzaron la zona de Oyarzun y los españoles huyeron hacia los montes de Navarra.
El 3 de agosto las divisiones francesas se apoderaron de Pasajes y de su puerto, se dirigieron hacia Hernani que fue tomada el 4 de agosto sin ofrecer resistencia y a resultas cayó San Sebastián el mismo 3 de agosto. El día 4 de agosto San Sebastián entregaba las llaves de la ciudad al ejército francés. El general Colomera se atrincheró en Tolosa tratando de frenar la entrada de los franceses en Álava y en Navarra. El 9 de agosto cayó Tolosa mientras que Colomera se replegaba hacia Lecumberri, por lo que las tropas francesas se dirigieron a Zumárraga, Vergara, Ermua y luego hacia Álava y Vizcaya.
Pero ciudades como San Sebastián, Fuenterrabía o Tolosa adoptaron complicidades con la Convención como por ejemplo Pablo Carrese, Lazcano, Aldamar o el diputado Romero que soñaba con una república independiente bajo la protección de Francia. Otros se plantearon la incorporación a la República francesa La diputación de Guipúzcoa abandonaba San Sebastián antes de su rendición y por mar se dirigió a Guetaria donde entabló relaciones con el enemigo el día 4 de agosto. La conducta de San Sebastián de no poner resistencia se entendió por algunos como una voluntad política de afinidad y simpatía con el invasor. Las autoridades provinciales concluyeron esta actitud con el pacto, con la negociación de poder a poder, atribuyéndose prerrogativas soberanas basadas en el carácter pactista de los fueros.
El general Monçey presentaba un pliego de condiciones dirigido al alcalde D. José Vicente de Chillena y al gobernador de la plaza brigadier Alonso Molina. El Concejo municipal optó por la entrega inmediata. La población civil de la ciudad impuso la entrega y la paz.
La Diputación foral extraordinaria a guerra a partir del 4 de agosto entraba en contacto con los franceses. Durante veinte días del 4 al 23 de agosto no se cerró sino un proyecto de acuerdo provisional que a última hora fue rechazado por los franceses.
La decisión de estas juntas de Guetaria iba a llevar a una división política de la Provincia. Pero las circunstancias bélicas apremiaban: la rendición de San Sebastián, la retirada del general Colomera desde Hernani a Tolosa, la actitud del brigadier de la escuadra anclada en Guetaria que huía destruyendo los fortines y baterías, echando a pique dos buques cargados de provisiones alimentarias. No quedaba más que la negociación. El Corregidor se oponía a la negociación y pedía una resistencia armada.
Para los negociadores franceses toda propuesta debería ser sometida a la Convención y exigían que la única negociación sería la anexión a Francia. La Provincia reclamó intangibilidad de la Religión y de los Fueros y sobre todo la independencia de la Provincia “como lo fue hasta el año 1200″. En estas circunstancias se celebraron las Juntas generales en Guetaria el 14 de agosto. Estuvieron presentes 43 villas. El 16 estaba listo el documento.
art. 1: respeto al culto, clero e iglesias de Guipúzcoa.
art. 2: amistad con la República francesa y neutralidad.
art. 3: “reconociendo establecida su independencia y antigua libertad y manteniendo la igualdad que nunca ha sido alterada”. Se añadió la disponibilidad de las Juntas para unificar el territorio guipuzcoano bajo la autoridad francesa.
El pensamiento de la autoridad provincial se resumía en una memoria colectiva de soberanía originaria como comunidad, con una praxis de convivencia en la igualdad nunca alterada tras la anexión a Castilla. Guipúzcoa se sumaba a la libertad de los portavoces franceses uniéndose a Francia “liberadora de los pueblos contra la tiranía de los reyes”. Las Juntas de Guetaria creen poder unir las dos condiciones con el principio de la libre disposición de sí mismos.
Si Guetaria fue el polo del colaboracionismo francés, Mondragón lo será del patriotismo hispánico.
Los franceses afirmaron asumir el régimen foral “porque su constitución foral se aproximaba infinitamente a la nuestra, no hay distinción de carta, de privilegios de familia, jamás el feudalismo les afligió, alguna de sus leyes tiene un sello tan antiguo que asombra”.
Los representantes franceses comunicaban a París que Guipúzcoa se había ofrecido a entregarse a la República francesa. Interpretaron los representantes franceses la independencia y libertad de los guipuzcoanos como entrega y sumisión. La respuesta de la Convención afirmaba que para la concesión de la independencia a Guipúzcoa sería preciso que un pueblo poderoso como el francés se sacrificase sin ninguna ventaja para si mismo. Además Guipúzcoa era muy pequeña y carecía de fuerza.
Los franceses no tomaron en serio ni la independencia guipuzcoana ni sus instituciones y así el 23 de agosto declararon a la Provincia País conquistado, mientras que el 26 detuvieron a los junteros en Guetaria y los trasladaron a Bayona.
El ejército francés se estableció a orillas del Deva y de aquí pasaron a Motrico y Bilbao en agosto de 1795, mientras los españoles se posesionaban del Oria. Los franceses ocuparon en el verano de este año casi toda Vizcaya y Álava. Bilbao y Vitoria cayeron en manos del general Moncey.
3.2.3. La paz de Basilea:
Se concluyó en Basilea el 22 de julio de 1795, por la que Francia devolvía las plazas conquistadas en la península, y España entregaba la isla de Santo Domingo. Los reyes daban por esta gestión a Godoy el título de Príncipe de la Paz. Los españoles reclamaban la entrega del hijo de Luis XVI y los franceses la entrega de Guipúzcoa o Luisiana o Santo Domingo. Luego cambiaron las reclamaciones.
La paz de Basilea llevó a una alianza de España con la Convención primero y con el Directorio después, y se firmó el Tratado de San Ildefonso, en 1796, que ponía a disposición de Francia la excelente flota española. Los resultados fueron la colaboración en las campañas napoleónicas de Italia y frente a Inglaterra, lo que acarreó un revés frente al cabo de San Vicente y la pérdida de la isla de Trinidad.
España y Francia volvieron a su tradicional amistad con el tratado de San Ildefonso del 18 de agosto de 1796 que venía a consolidar la paz de Basilea. España volvió a ser aliada de Francia contra Inglaterra y se entabló una guerra marítima y colonial desde 1796 a 1808 que resultó costosa para España porque arruinó el comercio y causó la bancarrota de la Real Hacienda. Esta situación de amistad se mantuvo hasta la paz de Fontainebleau en 1807.
3.3. El Directorio.
E1 golpe de Estado de Termidor obligó a la Convención a redactar una Constitución nueva, que establecía dos Cámaras que ostentaban el poder legislativo y un Directorio de cinco personas encargado del poder ejecutivo. Entonces apareció la figura del general Bonaparte. El 25 de octubre de 1795 se disolvía la Convención. El Directorio inició una política de apaciguamiento interior aunque en Italia el ejército iba a conseguir mayores ventajas por hallarse a las órdenes de Napoleón Bonaparte que derrota a los italianos y a los austríacos llegando así, en 1797, a la paz de Campo-Formio, por la cual el Imperio cedía a Francia los Países Bajos y el Milanesado a cambio de Venecia. Bajo el amparo de los ejércitos se iban fundando nuevas repúblicas en torno a Francia, como la República bátava (1798), la República romana (producto de la paz de Tolentino con el Papa en 1797) y la República cisalpina (o Norte de Italia occidental).
El Directorio aprobó la campaña de Napoleón a Egipto que se embarcó en Tolón en 1798, se apoderó de Malta, pasó a Alejandría y entró el 21 de julio de 1798 en El Cairo.
El almirante inglés Nelson deshacía la escuadra francesa en Abukir, evacuó al ejército francés, derrotó a los turcos y regresó a París.
En Francia, Bonaparte dio el golpe de Estado del 18 de Brumario (10 de noviembre de 1799), por el cual se establece el Consulado, integrado por tres cónsules siendo Bonaparte, primer cónsul. Quedaba en manos de Napoleón la dirección de la guerra y de la política.
3.4. Valoración de la Revolución francesa.
Lo que nadie niega hoy son las consecuencias de la Revolución Francesa. Los lemas de libertad, igualdad, fraternidad han constituido un credo dinamizador de todas las revoluciones posteriores. Consecuencias lógicas del movimiento revolucionario francés son el liberalismo, una actitud anticatólica evidente y la división del mundo en el siglo XIX en dos partidos (con unos u otros nombres), que podríamos calificar, por antonomasia, de absolutista y liberal, respectivamente. Aunque parezca un bizantinismo hemos de distinguir entre la verdadera influencia de las ideas revolucionarias y el influjo que su ejemplo ejerció, ya que bastaba con que las ideologías se creyeran inspiradas en la Revolución para que efectivamente ésta tuviera su importancia como precedente o inspiración.
4) Napoleón I (1769-1821), Emperador de Europa (1804-1815)
4.1. Período Consular:
El consejo de los Ancianos le nombró primer cónsul provisional en 1799 pero el general Bonaparte instaurará una dictadura que duraría 15 años para imponer el orden y poner fin a la Revolución. Reorganizó en 1800 la administración, la justicia y la economía. Firmó con España el segundo tratado de San Ildefonso por el que Francia y España declaraban la guerra a Portugal. Es la Guerra de las Naranjas, por la cual el reino vecino se compromete a cerrar sus puertas a Inglaterra.
En 1801 vence a Italia y Austria, firmó un concordato con la Santa Sede en el que se incluían los artículos galicanos y dejó a la iglesia al servicio del gobierno. En 1802 dictó la Constitución napoleónica.
España se subyuga a Napoleón, envía embajadores a París, aplaude su coronación como emperador y, por último, firma una alianza ofensivo-defensiva con Francia (1805) a raíz de un incidente naval con Inglaterra, que había asaltado a cuatro galeones españoles procedentes de América. El resultado de la alianza fue el que nuevamente la flota española estuviera a disposición de Napoleón, que la desea para el desembarco en Inglaterra, pero que es destrozada en Trafalgar.
5.5. Napoleón Emperador:
El senadoconsulto del 18 de mayo de 1804 le reconocía como emperador, consagrado por Pío VII en la catedral de París pero el Papa no le coronó sino que él mismo se coronó y luego coronó a su esposa. La corona de Nápoles fue atribuida a su hermano José. El emperador se apoderó de Roma. Tres millones de votos populares ratificaron el nombramiento del emperador.
Napoleón I continuó la modernización del país mediante el código napoleónico, la creación de institutos, la imprenta, el teatro, la prensa, proyecto de un Museo Nacional francés con los fondos del Vaticano y de Madrid.
5.6. Coaliciones contra Napoleón:
Se crea la Tercera coalición contra Francia en 1805 con Gran Bretaña, Suecia, Nápoles, el zar Alejandro y el emperador Francisco II. Napoleón se prepara para invasión de Inglaterra. Lanza el ejército contra Austria y el ejército ruso. Pero tras el desastre de Trafalgar del 21 de octubre de 1805 Napoleón renunció a desembarcar en Gran Bretaña. Por otro lado, el ejército austriaco se rindió en Ulm (20 oct.), venció a los ejércitos austro-rusos en Austerlitz (2 diciembre 1805) e impuso la paz de Pressburgo el 27 de diciembre de 1805 por la que reorganizó Alemania. Prusia fue derrotada en Jena en octubre de 1806. Colocó a sus hermanos Luis y José Bonaparte en los tronos de Holanda y Nápoles.
En 1807 otra gran Coalición de Inglaterra con Rusia y Prusia. La victoria de Napoleón en Jena el 14 de octubre de 1806, impulsó el bloqueo cortinal a Inglaterra, se dirigió contra Rusia y la venció lo cual facilitó la paz de Tilsit en julio de 1807. Puso a su hermano Jerónimo en el trono de Westfalia al mismo tiempo que se anexionaba más territorios.
5) La guerra de la Independencia (1808-1814)
5.1. Entrada de las tropas francesas en España.
Las tropas del emperador Napoleón entraron en España en 1804 y en en octubre de 1805 se dio el desastre de la armada española en Trafalgar. En 1806 decretaba el bloqueo de Inglaterra y la guerra contra Portugal. Toda Europa continental le estaba sometida. El imperio ruso era un aliado de Napoleón. Godoy temía al futuro rey Fernando VII y por esto se aproximó a Napoleón desde 1805 esperando una compensación territorial tras la conquista de Portugal.
Como Portugal aliada de Inglaterra se oponía al bloqueo, Napoleón determinó en octubre de 1807 que Portugal se adhiriese al bloque continental y firmó con España el tratado de Fontainebleau, que garantizaba la entrada de los franceses en España camino de Lisboa. En este tratado se acordaba el reparto de Portugal entre Francia y España El tratado había sido una ficción, ya que lo que Napoleón planeaba era apoderarse de España, para lo cual enviaba a ella al gran duque de Berg, el apuesto Murat, su cuñado, quien ordenaba fortificar los puestos fronterizos.
Las tropas entraron teniendo al frente a Junot. Los ejércitos franco-españoles se apoderaron de Portugal mientras que sus reyes huyeron al Brasil.
La mayoría de las tropas francesas entraron por Irún y Hondarribia y se establecieron en Navarra en febrero de 1808 teniendo al frente a D´Armagnac que dominaba en 2.500 hombres. Las tropas entraron con pompa en Pamplona y tomaron la ciudadela. Igualmente tomaron la ciudad y fortaleza de San Sebastián. Otras plazas fueron ocupadas por los franceses como Vitoria, Burgos, Valladolid y Barcelona.
5.2. El dos de mayo de 1808.
Murat entró con las tropas francesas en Madrid. La corte española temerosa de las tropas francesas se trasladó de Madrid a Aranjuez, lo cual suscitó una revuelta y motín que provocó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII.
La inquietud popular se alarmó con este viaje y el 2 de mayo de 1808, cuando vio salir nuevas carrozas con otros miembros de la real familia, lo impidió y comenzó a atacar a las tropas francesas, y Murat ordenó disparar contra la muchedumbre. Se sumó el ejército español al pueblo de Madrid y se distinguieron los oficiales Daoíz, Velarde, Ruiz y Malasaña.
Con la revuelta se dio comienzo a la guerra de la Independencia. El levantamiento de Madrid fue sofocado por Joaquín Murat, lugarteniente de Napoleón en España que había tomado Madrid el 23 de marzo.
En todas las provincias se organizaron Juntas que encauzaron el movimiento de expulsión de los franceses. Estas Juntas enviaron comisionados a Inglaterra solicitando ayuda militar. Pero los generales Murat, Dupont, Moncey y Merle siguieron con los proyectos napoleónicos de ocupación de ciudades y territorios.
El motín de Aranjuez que ocasionó la caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV tuvo lugar el 19 de mayo de 1808. Carlos IV y la reina María Luisa se dirigieron a Bayona para solicitar el arbitrio de Napoleón. En Bayona se juntaron Napoleón, Fernando VII y Godoy. Fernando VII devolvió la corona a su padre Carlos IV y éste cedió sus derechos al trono a Napoleón.
Fernando VII se disponía a reinar, tras su entrada en Madrid (1808), cuando Murat, que había ocupado la capital con sus tropas, le convenció de la necesidad de una entrevista con Napoleón. Fernando se puso en camino hacia la frontera (la entrevista había de celebrarse en Bayona) y dejó el gobierno a una Junta Suprema. El día 10 de abril de 1808, Fernando partía hacia aquella localidad para entrevistarse con el Emperador
No iba a ser fácil dominar a España. Todas las provincias se levantaron sin previo acuerdo. El alcalde de Móstoles es el símbolo de esta efusión popular, que muy pronto toma formas más concretas.
En efecto, cuando Fernando VII se dirigía a la ciudad de Bayona para entrevistarse con Napoleón, desde Vitoria recibió varios avisos que le aconsejaban escapar de la encerrona. Miguel de Lardizábal y Uribe que se encontraba en Vitoria insinuó al monarca el peligro de seguir el viaje hacia Francia motivo por el cual recibió Lardizábal un premio años más tarde.
Mientras se había constituido en Madrid la Junta Suprema de Gobierno presidida por el infante don Antonio y compuesta por los ministros de Marina, Francisco Gil de Lemus, de hacienda Miguel José Azanza, de guerra Gonzalo O´Farril y de Justicia Sebastián Piñuela. Esta Junta no funcionó y más aún desde que el mismo infante don Antonio partió para Francia el día 4 de mayo de 1808. Así la Junta acéfala se desintegró y algunos de sus miembros colaboraron con el general Murat primero y luego con José Bonaparte.
6.3. El Estatuto o Constitución de Bayona.
Pero las intenciones de Napoleón eran muy distintas. Su Ejército ya ocupaba el país y creía que todavía no se le percibía como una fuerza invasora. Necesitaba que las cosas siguieran igual para de este modo hacerse con la Península sin grandes dificultades. Para ello en sus planes figuraba la reunión en territorio francés de cuantos se disputaban el poder en España, la familia real y Godoy, con el fin de neutralizarles. Para liberar a Godoy sin despertar sospechas se sugirió que la Junta Suprema accediera a que Godoy partiera para Bayona.
Los últimos en llegar a Bayona fueron Carlos IV y María Luisa, su esposa, que entraron en aquella ciudad el 30 de abril. Mientras en España la población empezada a enfrentarse a las fuerzas francesas.
Napoleón había llevado a Bayona a los viejos reyes y a Fernando, secuestrados. Carlos IV el 4 de mayo nombraba lugarteniente general y gobernador del reino a Murat que se impuso como presidente de la Junta. Inmediatamente después Carlos IV declaraba por escrito que cedía al Emperador todos sus derechos sobre España y las Indias.
Tras unas violentas escenas, Fernando renunció a la abdicación que en él hiciera su padre y éste cedió el trono a Napoleón. Los Borbones eran a continuación internados en Francia (5 y 6 de mayo de 1808). Tras una Diputación general que se reunió, convocada por él, en Bayona, y previas consultas (forzadas también) al Consejo de Castilla y Junta Suprema, fue declarado rey de España José Bonaparte.
Napoleón nombró rey de España a su hermano José y los viejos monarcas y Godoy se dirigieron al exilio. Vivieron la Guerra de la Independencia entre el castillo de Compiègne, Marsella y Roma, en tanto que Fernando permaneció en el castillo de Valençay, desde el que escribía a Napoleón cartas que reflejaban bien su carácter.
Las sesiones de Bayona estaban programadas para el 15 de junio y el objetivo de Napoleón era instalar un régimen constitucional en España. Para que esta reunión de Bayona tuviera visos de legalidad se pretendió realizar una elección de notables o diputados de todas las provincias para lo que se publicó en la Gaceta de Madrid el 24 de mayo las instrucciones para dicho nombramiento. Se pretendió que estas nuevas cortes reflejaran la estructura de las tradicionales por lo que los 150 miembros previstos se extractaran de los tres estamentos del clero, de la nobleza y del estado general.
Para Napoleón era importante que en Bayona estuvieran representados los virreinatos americanos. Al Consejo de Castilla se le concedieron cuatro puestos donde se nombró a Manuel de Lardizábal como su representante.
Además de dar legalidad al nuevo poder en España, en Bayona se pretendía contener la insurrección que se propagaba por todo el país. Se hablaba de la salvación pública lograda a partir de la unión general con el nuevo gobierno.
En Bayona de los 150 diputados designados en la convocatoria sólo accedieron 65 al principio de la reunión y luego aumentaron hasta 91. Muchos de estos de última hora habían sido designados por Murat o por el mismo Napoleón.
En la sesión novena de Bayona algunos diputados vascos pidieron constase sus protestas contra toda alteración de los privilegios o constituciones particulares de cada uno de los territorios, amenazando retirarse de los debates.
En la Constitución de Bayona se optó por aplazar el debate foral especificando en el artículo 144 que:
“Los fueros particulares de las provincias de Navarra, Guipúzcoa. Vizcaya y Álava se examinarán en las primeras Cortes para determinar lo que se juzgue más conveniente al interés de las mismas provincias y de la nación”
La mayor parte de los vascos afrancesados fueron centralistas (Azanza, Urquijo, Lardizabal) pero también hubo afrancesados vasquistas como Yandiola que afirmaba:
”Porque se proyectaba una constitución que es general para toda España y que las provincias Vascongadas no se distinguían de las demás”
“Vizcaya ya tenía constitución distinta y separada de la legislación española que había hecho felices a sus naturales por espacio de siglos sin la cual no podrían existir”.
Manuel de Lardizábal asistió a todas las sesiones de Bayona a excepción de la séptima y firmó en la última (7 de julio de 1808): “la aceptación que la Junta había hecho en voz de Constitución”. Sancionaron también con su firma el nuevo Estatuto el conde de Orgaz, Montellano, los duques del Infantado, Hijar, Parque, Osasima, Amoroz, Ceballos y Azanza.
El mismo día de la jura de la Constitución José I Bonaparte reorganizó su ministerio nombrando a Mariano de Urquijo como secretario de Estado, a Pedro de Ceballos en Negocios Extranjeros, al conde Cabarrús en Hacienda, a Sebastián Piñuela en Gracia y Justicia, a Gonzalo O´Farril en Guerra, a José Mazarredo en Marina, a Miguel José de Azanza para Indias y a Gaspar Melchor de Jovellanos para la secretaría de Interior, cargo que no aceptó. Sin embargo varios consejeros de Castilla y entre ellos Lardizábal redactaron unas “Reflexiones sobre el Estatuto Constitucional”.
5.4. España tras el Estatuto de Bayona: José I Bonaparte.
Se establecieron en la Península dos frentes de actuación el institucional y el de la guerra.
5.4.1. Frente Institucional: Por una parte José I con su gabinete entraba en Madrid y se establecía en el Palacio Real el 20 de julio de 1808. En su haber llevaba la Constitución de Bayona que fue imposible de cumplirla dado el estado de guerra en que se encontraba el reino. José I Bonaparte por decreto fechado el 25 de julio designaba además de su primer Ministerio un Consejo de Estado compuesto de doce consejeros y entre los nombrados estaba en tercer lugar Manuel de Lardizábal (antiguo consejero del Consejo de Castilla). El 18 de agosto de 1809 decretaba la supresión de todas las órdenes monacales, mendicantes y de clérigos regulares adjudicando sus bienes a la Real hacienda.
Por otra parte se constituyeron 18 juntas supremas provinciales ligadas al pensamiento absolutista. Pero ya para este momento Manuel de Lardizábal el 12 de agosto de 1808 firmaba el auto acordado del Consejo de Castilla por el que se declaraban nulas las abdicaciones de Carlos IV y de Fernando VII, la Constitución, los tratados y “cuanto se ha ejecutado por el Gobierno intruso de estos reinos”.
La toma de Madrid por Napoleón el 4 de diciembre de 1808 cambió la situación política de la Junta Central y del Consejo de Castilla. Los miembros de este último quedaron retenidos y entre ellos Manuel de Lardizábal quedaba recluido en la fortaleza del Retiro. El 10 de diciembre se reunió el Consejo de Castilla con la participación de veinte asistentes entre ellos de Manuel de Lardizábal y oyeron una recriminación de los poderes fácticos franceses por su comportamiento. Los consejeros se sometieron y acataron la autoridad de Napoleón y luego el 22 de diciembre la de José I.
5.4.2. Frente bélico
Inglaterra respondió acertadamente a la coyuntura que le brindaba Napoleón y a la invasión de España y Portugal por Junot replicó enviando un cuerpo expedicionario a las órdenes de sir Arturo Wellesley, luego lord Wellington.
Gerona fue sitiada dos veces por Duhesme, sin ser tomada, y Zaragoza, defendida por el general Palafox con la colaboración de Agustina de Aragón, hizo frente al general Verdier; el cerco se levantó por la noticia de la batalla de Bailén.
El 19 de julio de 1808 tenía efecto esta primera batalla formal de la guerra. El general Dupont, que estaba encargado de la ocupación de Andalucía, fue encerrado entre las tropas de Reding y Castaños en Bailén y tuvo que rendirse con 20.000 hombres. El efecto fue fulminante: el sitio de Zaragoza fue levantado, los franceses se retiraron y Arturo Wellesley desembarcó en Portugal, atacando a las tropas de Junot, que tuvo que evacuar el país. Esta derrota obligó a José Bonaparte a evacuar Madrid que se retiró a la línea del Ebro entre Miranda y Lodosa. Poco a poco todos los generales franceses tuvieron que ir reculando.
Estas primeras victorias enardecieron a los españoles, y en todas las provincias surgieron Juntas de Defensa, que, en septiembre de 1808, se convirtieron en Junta Central Suprema Gubernativa del Reino presidida por el viejo Floridablanca.
Se iniciaba en el ejército la resistencia sistemática a la invasión francesa mientras que en los nuevos políticos se vislumbraban ya tendencias diferentes: los partidarios Borbones y los afrancesados partidarios del rey José. Inglaterra enviaba hombres y dinero ya que se presentaba la ocasión de tener un punto del continente donde combatir a Napoleón.
El mismo Napoleón se presentaba en España y, tras una decidida acción en Somosierra, en que la artillería anglo-española fue vencida por una carga a caballo de los lanceros polacos, llegaba a Madrid. La presencia de Napoleón vigorizó a sus ejércitos que derrotaron a los españoles en Gamonal y Tudela.
Sin embargo los acontecimientos de Europa hicieron que el emperador abandonase España cuando pensaba derrotar al general inglés Moore, al que persiguió hasta La Coruña el general francés Soult, consiguiendo reembarcar el ejército inglés, aunque le costó la vida a su general.
En 1809 se rindieron Zaragoza y Gerona, defendidas durante meses por el tesón terrible de sus habitantes y guarniciones, capitaneadas, respectivamente, por Palafox y Álvarez de Castro. Miles de franceses perecieron en los sitios de estas dos ciudades. La campaña de España gastaba, además, al ejército francés en una interminable guerra de guerrillas y por las continuas muertes que los habitantes de pueblos y ciudades hacían sobre grupos o individuos aislados del ejército invasor.
Por toda la península operaban los ejércitos de los mariscales de Napoleón Ney, Lannes, Suchet, Soult, Víctor, Sebastiani empeñados en sostener el régimen de José I que había vuelto a instalarse en Madrid. Frente a ellos combatían los ejércitos españoles mandados por los generales Ballesteros, Blake, Cuesta y Venegas, bajo la dirección del frío y metódico sir Arturo Wellesley.
Desastres para los españoles fueron, en este año 1809, las batallas de Uclés, Medellín y Alcañiz. Mientras casi todo Aragón y Valencia quedaban para los franceses, el resto de la península era incierto, y en julio de 1809 las tropas imperiales eran derrotadas en la batalla de Talavera aunque esta victoria no pudo librar a España de las derrotas de Almonacid y Ocaña.
Los años 1810 y 1811 suponen la casi dominación de la península. Los franceses conquistan Sevilla, donde se instala el intruso rey José, pero no pueden evitar los franceses el movimiento de los ejércitos de la resistencia, que ganan las victorias de Fuentes de Oñoro y Al-buera, y por fin Wellington la victoria de Arapiles en 1812.
A partir de 1812 se observa un cambio de giro en la guerra. Las tropas imperiales fracasaron en Extremadura, mientras que las tropas del duque de Wellington subían hacia el norte. El duque de Wellington tomó Ciudad Rodrigo y Badajoz ganó la batalla de Arapiles liberándose Madrid por breve tiempo.
La batalla de los Arapiles obligó a José I a abandonar Madrid y Wellington se puso en su seguimiento, ganando la batalla de Vitoria y expulsando por último a los franceses (1813) del Norte, tras el triunfo de San Marcial, mientras Suchet evacuaba el Levante.
5.5. Intervención de Napoleón en el País Vasco:
Napoleón se había divorciado de su primera esposa Josefina Beauharnais que no había observado una conducta demasiado circunspecta y no le había dado ningún heredero que continuase su obra en Europa. Y contrajo nuevo matrimonio con María Luisa de Austria que tenía sólo 18 años y que le dio sucesión en el llamado rey de Roma. Napoleón repudió a Josefina y casó con María Luisa en abril de 1810. Los trece cardenales que permanecieron alejados de esta cerebración tuvieron que despojarse de la púrpura, por lo cual se les llamó en París “cardinaux noirs”; después les fue preciso abandonar la capital de Francia y finalmente hubieron de renunciar a sus ingresos. Como a partir de entonces el Papa rehusó confirmar los nombramientos episcopales sin el consejo de sus cardenales, Napoleón ordenó para él un trato indigno, y convocó un Concilio nacional en París, que se celebró en 1811.
La nueva boda tuvo efecto en 1810 en medio de fiestas de extraordinario brillo. Aunque el panorama europeo no se presentaba claro, en 1810 parecía que Napoleón había conseguido, pese a la incertidumbre de la guerra peninsular, todos sus objetivos. Turquía, Prusia, Rusia, Austria, Dinamarca y Suecia figuraban como aliadas de Francia; Holanda, cuya corona se había arrebatado a Luis Bonaparte, pertenecía directamente al Imperio. José Bonaparte era rey de España. Murat cuñado de Napoleón era rey de Nápoles y Jerónimo Bonaparte de Westfalia. El propio Napoleón era rey de Italia.
En 1810 Napoleón victorioso de Austria intentó culminar su conquista y pacificación de España por medio de su mejor general Massena pero los franceses no lograron la victoria definitiva aunque penetraron en Portugal y Andalucía. En España era la hora de los guerrilleros.
El 2 de julio de 1809 España fue dividida en 38 distritos encabezados por un intendente. Estas intendencias se trasformaron en prefecturas. En estas prefecturas parte de Navarra fue unida al señorío de Guipúzcoa con una prefectura gobernada desde Pamplona. Vizcaya y Álava fueron unidas en una prefectura de Vitoria.
El decreto imperial del 8 de febrero de 1810 sustraía a Cataluña, Aragón, Navarra y las Provincias Vascongadas de la jurisdicción del rey José I y quedaron encomendadas a militares. Napoleón decidió separar de España los territorios ubicados entre el Ebro y los Pirineos por dicho decreto y se los asignó a su mandato personal y directo. Se establecieron cuatro gobiernos militares en Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya. Dufour se hizo cargo de Navarra. Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, agrupadas bajo el “Gobierno de Vizcaya”, fueron confiadas al general Thouvenot.
ES decir que loas provincias vascas y Navarra desde 1810 fueron separadas por Napoleón de la jurisdicción del rey de España y adscritas a Francia como gobierno militares.
Este general decretó la suspensión de las Diputaciones de las tres Provincias. Creó un Consejo de Gobierno, organismo consultivo integrado por tres diputados, uno por Provincia. En cada una existía un Gobierno provincial, compuesto por cuatro individuos, dos propietarios y dos comerciantes. Los Consejos municipales, copados por ilustrados liberales pro-napoleónicos, en el plano local completaban el nuevo esquema organizativo, cuyas tareas prioritarias consistían en vigilar a los sectores antifranceses y, sobre todo, recaudar impuestos. Para consolidar la nueva situación se creó una “guardia cívica”, formada por ciudadanos que solicitasen armas para combatir la guerrilla. Ésta proliferaba a manera de partidas con el fin de hostigar al invasor, especialmente en Navarra, donde destacaba la del estudiante Javier Mina el Mozo, organizada en 1809, quien derrotó a los franceses en los combates de Carrascal y Beriain, siendo apresado por traición en Labiano en 1810. Le sucedió en el mando su tío, Francisco Espoz y Mina, un labrador de Idocin. Llegó a formar con varios miles de hombres la División de Navarra, que atacó a los franceses no sólo en Navarra, sino también en zonas vecinas, logrando éxitos importantes en Sangüesa, Mendivil, Arlabán, Tafalla, Sos, Fuenterrabía, Lerín etc. y merced a ellos la Regencia de Cádiz le concedió el grado de mariscal de campo. Excepto algunos enclaves urbanos ocupados por los franceses, Espoz y Mina fue quien realmente gobernó Navarra. Llegó a cobrar derechos de aduana, formó un Tribunal de Justicia o Auditoría de Navarra y un gobernador eclesiástico que le acompañaba y cuidaba de la diócesis de Pamplona. Casó con una ilustre dama coruñesa, Juana de Vega, que publicaría las memorias de su esposo tras quedar viuda.
El 3 de septiembre de 1810 Napoleón determinó la reincorporación de Hondarribia, Irún y Lezo a Guipúzcoa quedando formalizada esta medida el primero de octubre. Pero tras la guerra y la entrada de Fernando VII se volvió al mandato de Carlos IV de 1805. La real orden de 18 de agosto de 1814 reintegró definitivamente Hondarribia e Irún a la provincia de Guipúzcoa. Más aún, se reintegró al alcalde de sacas a Irún como consecuencia de la confirmación de los fueros.
5.6. La España castiza. Las Cortes de Cádiz.
La discrepancia de tendencias políticas se centró en la convocatoria y en la entidad de las nuevas Cortes del reino. Se decantaron dos posturas extremas: una era la que se basaba en la tradición histórica y pensaba que las nuevas cortes eran herencia de las cortes medievales y que por lo tanto debían quedar constituidas por estamentos y otra de las tendencias era de inspiración liberal por la que los diputados de las nuevas Cortes serían representantes de la soberanía nacional y con funciones constituyentes.
En junio de 1809 la Junta Central Gubernativa creaba en su ayuda el “Consejo Reunido” compuesto de un grupo de ministros entre los que se encontraba Manuel de Lardizábal. Nueve de estos ministros-consejeros habían sido antiguos consejeros de Carlos IV.
Este Consejo Reunido votó a favor de la convocatoria de Cortes en un solo brazo con la burguesía, sin necesidad de consultar a los brazos del clero y de la nobleza. Este Consejo Reunido pervivió hasta el 16 de septiembre de 1810 y ejerció como Consejo de Castilla. Miguel de Lardizábal fue nombrado miembro del Consejo y Tribunal Supremo de España e Indias por fecha del 25 de junio de 1809.
Mientras tanto la toma de Madrid provocó la salida de la Junta Central desde Aranjuez y después de una situación indecisa e itinerante se instaló en Sevilla a partir del 16 de diciembre. Estando ya en Sevilla y con el deseo de encabezar la lucha por la independencia se le dio a la Junta Central el trato de Alteza y el título de Junta Suprema de España e Indias. Desde Sevilla emitió un decreto el 22 de enero de 1809 declarando la importancia de los dominios de Indias y exigiendo que los americanos tuvieran representación nacional e inmediata en la Junta Central. A este fin exigieron el que se nombrasen diputados uno por cada uno de los virreinatos de México, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires y por las capitanías generales independientes de la Isla de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile, Venezuela y Filipinas. Ante la dificultad y el traslado de los diputados la Junta Central acordó elegir diputados suplentes seleccionados entre los naturales de ultramar residente en la península.
El 2 de agosto de 1810 los regentes iniciaron consultas con el Consejo de Estado para decidir la composición estamental o no de las Cortes. Las consultas de la Regencia duraron varios meses. El Consejo de Estado determinó que fueran los representantes de la nación los que decidieran si las cortes debían o no ser estamentales.
Las Cortes iniciaron el juramento el 22 de septiembre de 1810 en la isla de León, pero dos días después, el 24, afirmaron que la soberanía residía en el pueblo y por esta razón se declararon sus representantes. La Regencia se dividió en dos bandos los que señalaban que la soberanía residía en el rey y por lo tanto abogaban por unas cortes estamentales y los que la ponían en el pueblo por lo que les bastaba la reunión de sus representantes.
Dentro de la Regencia el obispo de Orense, Pedro Quevedo Quintano, que fue su segundo presidente, se había incorporado en la Regencia el 29 de mayo y, desde el principio, fue de tendencia tradicional abogando por la reunión estamental de las Cortes. Sin embargo, tanto el obispo de Orense como el general Palacios se negaron a prestar juramento a las Cortes como depositarias de la soberanía nacional. Por esta razón fueron encarcelados por las Cortes y los restantes miembros de la Regencia que igualmente no prestaron el juramento, fueron desterrados a Cádiz en diciembre de 1810.
En concreto, Miguel de Lardizábal aunque su voto particular fue el de que las Cortes debían constar de un solo brazo, sin embargo, al afirmar que la soberanía no radicaba en el pueblo sino en el rey, fue también juzgado y desterrado.
Por fin, tras algunas dilaciones, en 24 de septiembre de 1810 se inauguraban las sesiones de las Cortes en la isla de León, que no pudieron tomar los franceses. Pronto se notan las tendencias liberales de algunos diputados, que consiguen, con Muñoz Torrero a la cabeza, que se proclame a Fernando VII rey de España, pero reservando la facultad legislativa a las Cortes, lo que era una limitación del poder real. Comenzaba a triunfar el liberalismo, influido por las teorías revolucionarias de los ejércitos de Napoleón.
Las Cortes, trasladadas a Cádiz, donde celebraron sus reuniones en la iglesia de San Felipe Neri, dieron como fruto de su labor la Constitución de 18 de marzo de 1812, que implantaba la limitación del poder real, abolía la Inquisición, el tormento y todo lo que pudiéramos considerar propio del Antiguo Régimen español.
La Constitución de 1812 anulará el entramado institucional y jurídico vasco. En las Cortes los vascos esgrimieron la interpretación constitucionalista de los fueros, pero fuera de las Cortes apoyaron la opción tradicionalista, ya que desde 1814 los vascos fueron los más fieles a Fernando VII.
5.7. Los vascos en la expulsión de José I Bonaparte
La batalla de Vitoria en junio de 1813 supuso una severa derrota para los franceses. Fue una de las grandes victorias de los ingleses en la guerra. Esta batalla fue el último hecho de armas de la Guerra de la Independencia que tuvo lugar el 21 de junio de 1813 en las proximidades de Vitoria y en el que las tropas francesas en retirada, bajo el mando del rey José Bonaparte y el mariscal Jean-Baptiste Jourdan, fueron derrotadas por el ejército combinado anglo-hispano-portugués comandado por el Duque de Wellington y el general Miguel Ricardo de Álava. Las bajas aliadas fueron de unos 5.00 entre los que se encontraban 500 españoles. Las francesas de unos 8.000 hombres con 2.000 prisioneros. Los franceses perdieron los 152 cañones de que disponían, la totalidad de la documentación de Estado y el tesoro de José I cifrado en cinco millones de francos que acababa de llegar de París. Vitoria también sufrió las consecuencias de la victoria aliada con todo tipo de abusos y saqueos. La retirada francesa fue caótica y violenta.
Este episodio bélico se ilustra en el Museo de Vitoria por medio de objetos de uso personal de algunos de los personajes involucrados en la batalla, particularmente los capturados por los aliados como botín de guerra en los carruajes de José Bonaparte y su estado mayor, armas utilizadas en el curso de la misma y uniformes de la época. Han de destacarse no pocos elementos de gran significado histórico y artístico, como son: las mantillas y pistoleras de los caballos del rey José y del mariscal Jourdan; la pistola y el juego de té del general Álava que fueron regalos de Wellington, el fajín de general y el sable usado en campaña, la bandera del Primer Batallón alavés, al mando de Sebastián Fernández de Leceta, alias “Dos Pelos”, etc.
La quema de San Sebastián. El 25 de julio fracasó el primer intento de asalto a San Sebastián. A las dos de la madrugada del 31 de agosto de 1813 y después de varios días de intenso bombardeo, en que se logró un mayor ensanchamiento de la brecha abierta en un primer asalto sin éxito el 25 de Julio, asaltaron la ciudad una columna de voluntarios (llamados “Los desesperados”) que al llegar a lo alto de la brecha se encuentran con la sorpresa de que están a 4 m. de altura sobre el suelo de la ciudad. Las tropas francesas aprovechan este desconcierto para acribillarlos.
Dos meses antes el ejército francés en plena huida del territorio español, había dejado unos 3.000 soldados en la plaza fuerte de San Sebastian para cubrir su retirada.
Cuando parecía que a las tropas de asalto no les quedaba más remedio que la retirada, un incendio fortuito producido durante la refriega, alcanzó el depósito de munición francés, sembrando el desconcierto en este bando, momento que aprovecharon los asaltantes para penetrar en la ciudad, obligando al ejercito francés a replegarse hacia el castillo de la Mota, donde capitularán el día 8 de Septiembre.
San Sebastián resistió hasta el incendiario ataque de las tropas anglo-hispano-portuguesas el 31 de agosto de 1813, que destruyó la ciudad.
Tras rechazar varias veces el ataque enemigo, las tropas españolas lograban una victoria aplastante, mientras, las tropas anglo-portuguesas del Duque de Wellington (quien acudió tras la batalla) se dedicaban a saquear e incendiar toda la ciudad de San Sebastián, (acto que duró toda una semana), salvo las casas de la calle Trinidad, que era donde se alojaban los oficiales aliados. Por este motivo a esta calle se le llama ahora “calle del 31 de Agosto”.
La toma de San Sebastián dejó 2.376 bajas en los asaltantes. Wellington justificó el comportamiento de sus tropas afirmando que “los habitantes cooperaron con el enemigo en la defensa de la ciudad, disparando finalmente sobre los aliados”. Wellington quería con la destrucción de San Sebastián la eliminación de la competencia para el comercio británico. Hubo en la ciudad 761 muertos, 45 desparecidos y 1.697 heridos. Bilbao tuvo que asumir la mayor parte de los heridos en San Sebastián.
El conde de Toreno describió de esta manera la situación «No tardaron en experimentarlo, comportándose en breve los aliados de San Sebastián como si fuese ciudad enemiga, que despiadado y ofendido conquistador condena a la destrucción y al pillaje. Robos, violencia, muertes, horrores sin cuento, sucediéndose con presteza y atropelladamente. Ni la ancianidad decrépita, ni la tierna infancia pudieron preservarse de la licencia y desenfreno de la soldadesca, que furiosa forzaba a las hijas en el regazo de las madres, a las madres en los brazos de los maridos, y a las mujeres todas por doquiera. ¿Qué deshonra y atrocidad!». (La calle de la memoria, Mikel G. Gupergui)
La batalla de San Marcial. Dispuestos los franceses a socorrer la plaza de San Sebastián, cruzaron el río Bidasoa poco antes del amanecer, por los vados situados entre Hendaya y el puente destruido del Camino Real en Behovia, enfrentándose al IV ejército español (o de Galicia), que los defendía, dando lugar la 2ª Batalla de San Marcial. Tras la batalla de San Marcial, en Irún, donde destacaría la actuación de un cuerpo de ejército gallego mandado por el general Freire, los franceses se despedían de suelo vasco.
La toma de Pamplona: Pamplona capitularía ante las tropas de Wellington el 31 de octubre tras rechazar al mariscal Soult en Sorauren y Bilbao sería abandonada.
Epílogo: Las abdicaciones de Napoleón:
La hostilidad de todos sus vecinos (Austria, Prusia, Alemania, Holanda, España y Rusia) obligó a Napoleón a abdicar bajo la presión de sus mariscales el 4-6 de abril de 1814 aunque conservó el título de emperador y le fue otorgado el gobierno de la isla de Elba.
El 1 de marzo de 1815 aprovechando el descontento de los franceses con los Borbones desembarcó en Francia y conquistó todo el territorio con su prestigio.
Reinició las hostilidades entrando en Bélgica para derrotar a las tropas de Wellington pero éste con la ayuda de Blücher derrotó a Napoleón en Waterloo el 18 de junio de 1815.
Napoleón abdicó en su hijo Napoleón II. Decidió confiar en los ingleses que le llevaron a la isla de Santa Elena donde murió como prisionero. Allí escribió el Memorial de Santa Elena publicado en 1823.
En el centenario de Urdaneta
6 Mayo 2009 – 12:07Japón, posible factoría y tierra de misión
para Portugal y España: Francés de Xavier y Andrés de Urdaneta
Sumario:
Dos vidas paralelas. 1519: La expedición de Magallanes. Juan Sebastián Elcano (1487-1526). 1521: Expedición de Gil González Dávila. 1525: Expedición de Sebastián Cabot. 1525: Expedición de García Jofre de Loaysa. Elcano se enrola en la expedición de Loaysa. Andrés de Urdaneta y Cerain (1508-1568) en la expedición de Loaysa. Urdaneta nos da la primera descripción de Japón. La vuelta de Urdaneta a España.
La expedición de Ruy López de Villalobos.
Francés de Xabier, navarro nacionalizado portugués, va a la India. Francés de Xabier y la expedición de Villalobos. Otro tornaviaje fracasado el del alavés Iñigo Ortiz de Retes. Francés de Xabier y el final de la expedición de Villalobos.
Francés de Xabier aconseja reservar Japón para los portugueses. Japón queda cerrado a los españoles y a la evangelización de dominicos y franciscanos. Cosme de Torres, español de nacimiento y portugués de nación, compañero de Xabier en Japón queda como superior de la misión japonesa. Los intentos españoles de llegar a Japón quedaron frustrados.
A los españoles se les reservan las Filipinas y el descubrimiento del tornaviaje por el Pacífico. La expedición de Legazpi y de Urdaneta (1564-1565). Miguel de Legazpi y Gorrochategui (1503-1572) y la factoría española en Filipinas. Andrés de Urdaneta marca la ruta del Pacífico en el tornaviaje.
Bibliografía.
Dos vidas paralelas:
Francés de Xavier:
1506 nace en el Castillo de Javier (Reino de Navarra)
Sexto y último hijo del doctor Juan de Jasso y de María de
Azpilkueta.
1512 conquista del reino por la armas del Duque de Alba. 1515 muere el
doctor Jasso en desgracia política y en confiscación de sus bienes por los castellanos.
1525 Xabier parte para París para estudiar Artes. Permaneció en París once
años.
1529 Xabier e Iñigo de Loyola.
1534, 15 de agosto. Montmartre profesan los votos Iñigo, Xavier, Fabro y
otros cuatro.
1537 Los primeros compañeros en Venecia. Proyecto de ir a Tierra Santa.
1538 Xabier ordenado sacerdote. Pasa a Vicenza y a Bolonia.
1539 Xabier secretario de la Compañía de Jesús. Destinado a la India.
1540 Xabier llega a Lisboa. Aprobación de la Compañía 27.IX.1540.
1541-1542 viaje a la India: 7-1V-1541 hasta 6-V-1542.
1542: Evangeliza Pesquería, Malaca, Malucas, Amboina junto a Nueva
Guinea hasta Ternate y las islas del Moro.
1546: Xavier volvió a Amboino (9 de marzo-17 de mayo) y encontró
invernando a 7 naves portuguesas con 150 hombres bajo Fernâo de Sousa de Távora y un galeón español “San Juan” de 100 toneles con Ruy López de Villalobos y 130 españoles entre los cuales estaba el vasco Martín de Islares que había hecho su primer viaje a las Molucas a las órdenes de Loaysa y que se quedó en las Molucas desde 1526-1534 y el hidalgo alavés Iñigo Ortiz de Retes que había vuelto fracaso de su tornaviaje a Tidore el 3 de octubre de 1545 tras cuatro meses y medio de singladura.
Relata Xavier en su carta del 10 de mayo de 1546 su trabajo apostólico de cuaresma junto con los confesores de la expedición de Villalobos, entre los que se encontraba el futuro colaborador de Xavier en Japón el P. Cosme de Torres.
1549: Dejaba establecidas las casas de la Compañía de Jesús de Goa,
Pesquería, Travancor, Molucas, Malaca, Santo Tomé de Meliapur, Coulam, Bazain, Ormuz.
1549, 15 de agosto: Cagoxima, Macao (Kyoto),Yamaguchi, Bungo. Le
acompañaban a Xavier, Cosme de Torres, Juan Fernández y tr japoneses. Todos ellos nacionalizados portugueses.
Cosme de Torres era valenciano y uno de los sacerdotes de la expedición de Villalobos, que tras el encuentro con Xavier en Amboino en marzo de 1546, hizo los ejercicios en Goa, y entró jesuita en 1548. Ese mismo año preparó para el bautismo al japonés Anjiro o Paulo de Santa Fe y a sus dos compañeros. Acompañó a Xavier en el Japón y fue superior de la misión japonesa a la muerte de Xavier hasta su propia muerte en 1570.
Juan Fernández fue un cordobés nacido en 1526, jesuita en Lisboa en 1547, hermano coadjutor que trabajó como enfermero y fue el primer jesuita gran conocedor de la lengua japonesa.
1551 Xabier en la India.
1552, agosto llega a la isla china de Sancián. En sus últimas cartas Francés
de Xavier pide se dé aviso al rey de Portugal para que escriba al Emperador que no deje ir armadas hacia Japón porque temía que para daño de la misión del Japón pudieran surgir entre portugueses y españoles parecidas reyertas a las que eran frecuentes en las Molucas.
Igualmente en la carta de Giovanni Battista de Monte a Juan de Polanco secretario de la Compañía de Jesús en Roma fechada en Macao el 29 de diciembre de 1562 dice traduciendo del italiano:
“Bien entiende las maravillas que hace Dios Nuestro Señor. Porque ya sabrá V.R. cómo los hermanos de Santo Domingo el año pasado insistieron mucho en llegar a Japón, pero no se les concedió el permiso. Y también algunos clérigos que también querían pasar. Creo que V.Reverencia sabrá el gran incoveniente que sería al menos al presente por las cartas que le escribe el P. Cosme de Torres. Porque a los japoneses les parecería extraño ver otro hábito que no fuera el nuestro. Sepa que yo creo que necesariamente no solamante de Santo Domingo, sino de San Francesco tendrán que llegar al Japón si las cosas van tan en aumento como hasta ahora (como creo que andará mediante el auxilio divino) porque parece que la Compañía no podra llegar a tanto. El Señor sea el que supla con su divino favor”. (Monumenta Sinica, nº 94).
1552, 2 de diciembre muere en la isla de Sanchón o Sancián (China)
Andrés de Urdaneta:
1508 nace en Ordizia (Gipuzkoa). En su jurisdicción está Legorreta y
Urdaneta. Hijo de Juan Ochoa de Urdaneta, alcalde de la villa en 1511 y de Gracia de Cerain.
1512-1525 firma como testigo en varios documentos. Se sospecha que
recibió formación náutica y cosmológica.
1525 Se enrola en la expedición de García Gofre de Loaysa. Andrés va
como so0bresaliente de la segunda expedición de Elcano.
Sale de La Coruña (24 julio), La Gomera (14 agosto), Isla de San Mateo (15 Octubre). Brasil (5 diciembre), Intento del paso de Magallanes (21 enero 1526), salen del estrecho de Magallanes (26 mayo) tras 48 días de travesía por el mismo, muertes generalizadas por escorbuto (junio,julio, agosto). Muerte por envenenamiento de Loaysa (+30 julio), Elcano (+6 agosto a los 39 años de edad) y restantes mandos (abril-septiembre 1526). Llegan a las Islas de los Ladrones (Marianas, 21 agosto), Isla de Guam (4 septiembre hallazgo de Gonzalo de Vigo desertor de la expedición de González Gómez de Espinosa), Mindanao (hoy Caraga 2 de octubre), Isla Giliolo de las Molucas (15 octubre). Guerra y división de las Molucas entre españoles y portugueses.
1526 Urdaneta hace la vida por su cuenta. Se casa con una nativa y tiene
una hija, aprende lenguas indígenas.
1527 Urdaneta y los suyos, por presiones portuguesas pasa a Tidore y
construyen un fuerte.
1528, marzo llega una nave enviada por Hernán Cortés en auxilio de los
españoles. Intentos de vuelta a Nueva España por la ruta del Pacífico. Fracaso.
1528, 22 de abril. Tratado de Zaragoza. Carlos casado desde 1526 con
Isabel de Portugal cede las Molucas a los portugueses por 350.000 ducados.
1529 los 27 españoles supervivientes de la expedición de
Loaysa y de Hernán Cortes se rinden en la isla Tidor a los
portugueses.
1531-1532: Andrés de Urdaneta realiza varias expediciones a la isla de Gapi, a la isla de Tabuco y a otros lugares. Según José Ramón de Miguel Bosch viaja y relata su primera descripción del Japón. Aporta documento de probable paternidad.
1533, 4 de noviembre los españoles se pasan a la obediencia portuguesa.
1534, 15 de enero deja la India Hernando de la Torre y delega su poder en
Urdaneta.
1535, 15 de febrero Urdaneta en una nao portuguesa embarca hacia
Occidente con su hija Gracia.
1536, 26 de junio llega a Lisboa y se le requisan a Urdaneta
todos sus papeles. Poco después huye de Lisboa y llega a Ordizia.
Deja a su hija Gracia al cuidado de su hermano mayor Ochoa de Urdaneta casado con Gracia de Isasaga, mientras llega a Valladolid a informar al Consejo de Indias.
1537, febrero. Carlos V de vuelta de Italia recibe a Urdaneta que le regala
la “Relación de los sucesos de la Armada de Loaysa”.
1538. Urdaneta a sus 30 años pasa a Nueva España (México) con la
expedición de Alvarado. Urdaneta piensa que las Islas Filipinas y las Molucas eran de Portugal pero no así el Japón. Con la desaparición de Pedro de Alvarado, Urdaneta se mete en la vía administrativa mexicana y organiza expediciones.
1542-1547: Urdaneta fue nombrado Almirante de la flota al virreinato del
Perú. Pero esta flota no partió.
1542, 1 de noviembre. Parte del puerto de Navidad la expedición de Ruy
López de Villalobos que en su programa alude al Japón. Es una incógnita por qué Urdaneta no formó parte de la expedición de Villalobos.
1543. La expedición de Villalobos en su viaje arribó a las islas San Lázaro
(según denominación de Magallanes) que se llamaron Filipinas en honor del príncipe Felipe y que eran la de Luzón, Leyte. El alavés Iñigo Ortiz de Retes intentó una vuelta de tornaviaje pero igualmente fracasa.
1545. Los 144 supervivientes de la expedición de Villalobos se entregan a
los portugueses de Távora el 4 de noviembre de 1545 y tras pasar dos años en Malaca y Goa fueron devueltos a Lisboa a lo largo de 1548.
1546, 18 de febrero. La flota portuguesa de Távora con 300 portugueses y
130 Españoles de la expedición de Villalobos pasaron a Amboino
donde recibieron atención espiritual de Francés de Xavier.
1552, 19 de marzo Andrés de Urdaneta a sus 44 años entra en el convento
agustino y profesa como fraile agustino en México en 1553.
1558-1564: Urdaneta como maestro de novicios estudia cosmografía pretendiendo buscar el tornaviaje. Al tener solucionado el problema, alentó al virrey Velasco a preparar una expedición a las Islas del Poniente. Propuso y convenció a su amigo Miguel López de Legazpi para que la dirigiera. Legazpi había nacido en 1503, estudió jurisprudencia, en 1528 se estableció en México como secretario del ayuntamiento. Se casó y tuvo nueve hijos además de extensas tierras y ganados.
1564: Partía la expedición que pretendía establecer una factoría estable en Poniente y buscar el camino del tornaviaje. Los responsables fueron Legazpi, de 50 años, ya viudo y con nietos que pone su economía en juego y Urdaneta que sería el director de la jornada, con cartas de navegación más completas y capellán de la armada.
1565, enero llegan a las Islas de los Ladrones y en febrero a las Filipinas. Se dividieron los cometidos: Legazpi permanecería en la isla de Cebú, mientras que el 1 de junio partía la nave de mayor tonelaje la San Pedro con Urdaneta en la búsqueda del tornaviaje. El 18 de septiembre avistaron la isla la Deseada con lo que habían culminado por primera vez el viaje de retorno por el Pacífico navegando de oeste a este. Había navegado por una ruta norte llegando hasta el paralelo 41 de latitud norte. Llegaron a Acapulco el 8 de octubre de 1565.
1566, Urdaneta pasó a Valladolid para parlamentar con Felipe II. Urdaneta marró el antimeridiano del tratado de Tordesillas 20 grados a favor de España, es decir, lo colocó en los 113º entrando en la demarcación castellana Filipinas y Cantón.
1567, junio. Urdaneta vuelve a México.
1568, 3 de junio a los 60 años de edad murió en su convento de San
Agustín de México.
1519: La expedición de Magallanes:
Fernando de Magallanes fue un navegante portugués al servicio de la corona española, nacido en Sabrosa, Trás-os-Montes en 1480 y muerto en 1521 en Filipinas.
Al servicio del rey de España, descubrió lo que hoy recibe el nombre de Estrecho de Magallanes, siendo el primer europeo en pasar desde el Océano Atlántico hacia el denominado Mar del Sur (Océano Pacífico). Inició la expedición que, capitaneada a su muerte por Juan Sebastián Elcano, lograría la primera circunnavegación de la Tierra en 1522.
Vivió sus primeros años en la corte de Portugal, pero su afán de aventuras le hizo embarcarse en un viaje hacia el Extremo Oriente, donde las factorías portuguesas vivían una época de esplendor.
Magallanes propuso al rey de Portugal hacer una expedición a las islas de las Especias (islas Molucas) por occidente, pero Portugal no lo aceptó.
En octubre de 1517 estando en Sevilla, Magallanes se puso en contacto con Juan de Aranda, factor de la Casa de Contratación. Luego de la llegada de su socio, Rui Faleiro y con el apoyo de Aranda, presentaron su proyecto al nuevo monarca español Carlos I,. La propuesta de Magallanes resultó especialmente interesante en esos instantes, pues ofrecía abrir una ruta a las islas de las especias sin vulnerar los compromisos de Alcaçobas con Portugal, una hazaña que traería riquezas y honores a la Posted in Sin categoría | 1 Comment »
Un comentario titulado: Democracia o Violencia identitaria
5 Mayo 2009 – 9:19En varios artículos de periódico he desarrollado la idea de que el nuevo gobierno del País Vasco es legítimo, legal, democrático pero tiene una pega y es que se ha constituido únicamente para imponer la identidad española en el País Vasco. Unicamente en esta violencia coinciden los partidos polìticos del PSE y del PP. en todo lo demás es decir en el aborto, la homosexualidad, el respeto a la vida, el tema de las células madre, etc. no sólo no coinciden sino que no se respetan mutuamente sino que encarnizadamente se atacan. Y mucho más en el tema de la economía que son diferentes y opuestos en sus soluciones.
TERRITORIALIDAD DE LA LENGUA
30 Marzo 2009 – 8:52José Luis Orella Unzué
Catedrático senior de Universidad
La asimetría de las lenguas es una de las realidades resultantes de los conflictos de vasallaje y de extermino racial generados en la historia por descubridores y conquistadores.
La asimetría de las lenguas tiene dos aspectos que deben ser considerados. El primero se centra en el origen de la asimetría y el segundo en la convivencia en respeto de la vida de los ciudadanos con asimetría lingüística.
Todos los seres vivos, individual y colectivamente marcan la extensión de su dominio y luego lo defienden con uñas y dientes. También los hombres lo hicieron aun antes de que se inventaran las lenguas. La extensión del dominio de los autóctonos naturales dejó su constancia principalmente en el uso, la costumbre, es decir, en el derecho. El derecho coordinó el instinto y la fuerza.
Pero cuando las familias y las tribus comenzaron a entenderse y a repartirse el territorio, además de la fuerza bruta utilizaron como instrumento de mutuo entendimiento el lenguaje. Y las lenguas marcaron su dominio territorial a través de la toponimia. El poder de un pueblo lo mismo que el uso de una lengua por los habitantes de un territorio puede avanzar o retroceder, pero es en concreto la toponimia la que marca los linderos del antiguo territorio que los naturales del mismo siempre pueden reclamar ante la imposiciones de los tardíos conquistadores.
Ante aquellos que afirman en el “Manifiesto por la lengua” que sólo los individuos son los portadores de derechos hay que reafirmar dos cosas: en primer lugar que los firmantes del manifiesto, con petición de principio, parten del supuesto de que existe una lengua común en el territorio español y en segundo lugar que existen otras realidades que generan obligaciones en los hombres y que por lo tanto deben ser considerados como derechos inducidos.
En efecto, según Peter Singer profesor de bioética de la Universidad de Princeton el 25 de junio de este año, en una votación histórica, la Comisión de Medio Ambiente del Parlamento español, declaró su apoyo al Proyecto del Gran Simio, una propuesta para dar derecho a la vida y la libertad y proteger de la tortura a nuestros familiares no humanos más próximos como los chimpancés, gorilas y orangutanes.
Por lo tanto si el uso del español es un derecho territorial, también lo es territorial el uso de otras lenguas como el catalán, el gallego o el euskara. Igualmente existen realidades naturales y sociales que son portadoras de derecho como los animales, la ecología, la naturaleza y el medio ambiente entre las primeras y entre las segundas las etnias, las tribus, los pueblos y las naciones.
El mundo moderno nos dice Enric González se organizó sobre el concepto de las naciones. Sin la nación y el nacionalismo, y sin el sustrato antropológico de la patria, el Estado quedaría reducido a su función primitiva y esencial: la coacción. Un Estado así de feo, desprovisto de sus atributos sentimentales, no tardaría en hundirse. El Estado español necesita de la realidad de nación y si no quiere ser pura coacción, también de las naciones que lo conforman. Y aunque se prohíban en las olimpíadas las manifestaciones políticas, no existe un gesto político más rotundo, esencial y diáfano que abrazarse a una bandera. Y eso es lo que hacen en Pekín los españoles imponiendo la existencia de una única nación. Y esto es lo que se niega aquí o en Pekín a los miembros de otras naciones.
Si pasamos ahora a la racionalidad con la que debe ser tratada la asimetría lingüística podemos afirmar que el manifiesto de la lengua de ciertos intelectuales españoles es la mejor demostración de la continuidad impositiva con la que actuó en su historia el imperio español y ahora la Constitución de 1978.
Dos conclusiones: Es falso afirmar como lo hace el manifiesto que “son los ciudadanos los que tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas”. Estos señores que saben imponer un derecho lingüístico territorial por medio de la Constitución, no son capaces de aceptar la existencia de derechos territoriales de las otras lenguas.
Todos tienen que salvaguardar los derechos inducidos de los animales, de la naturaleza, de la ecología, y del medio ambiente. E igualmente las lenguas minoritarias generan unos derechos inducidos de territorialidad al menos dentro del paisaje en el que nacieron y se desarrollaron, tal como lo testifica la propia toponimia.
Las lenguas minoritarias americanas lo mismo que la lenguas asimétricas del estado español son depositarias de un respeto y de unos valores que generan unos derechos que no pueden ser alegremente olvidados, sin caer en una sanción penal como de lesa humanidad.
¿No será ésta una de las razones que moverá también a la Audiencia Nacional a llevar dicha constitución española de 1978 ante los tribunales internacionales por no respetar los derechos reales e inducidos de otros sujetos jurídicos?